El PLAN que quería ser PLANTA

«Yo no soy un bailarín
porque me gusta quedarme
quieto en la tierra y sentir
que mis pies tienen raíz.»

— María Elena Walsh.

Era un buen plan.
Eso nadie puede dudarlo. Era un buen plan.

¿Un poco ambicioso?
… Tal vez.

¿Un poco demandante?
… Sí. Tal vez.

¿Quizás medio imposible de concretar?
… Es cierto.

Pero… ¿entonces?, ¿era un buen plan?
¿Cómo que si era o no era un buen plan? ¿Hay alguien preguntando si es o no es un buen plan? Entonces… si hay alguien preguntando si es o no es, o si era o no era, un buen plan, significa que no es tan cierto eso de que nadie puede dudarlo.
De hecho, ya hay gente en duda.

¿En qué quedamos, entonces? ¿Es o no es un buen plan?
¿Era o no era? ¿Lo es? ¿Lo era?

Mmmmm…
Bueno, digamos entonces que era un muy buen deseo de plan. Eso sí nadie puede dudarlo. Y efectivamente: nadie lo dudó. ¡Ahora sí! ¡Todos de acuerdo!
Es, indudablemente, un excelso deseo.
Ahora bien, ¿es sano de ahí armar un plan?, ¿no es demasiado demandante?, ¿no es demasiado  ambicioso?

Mmmmm…
¿En qué quedamos? Al principio se dijo que era “algo” ambicioso y ahora es ¿“demasiado” ambicioso? Al principio se dijo que era “algo” demandante y ahora es ¿”demasiado” demandante?
¡Bueno! ¡No lo sé!

… Y mientras tanto…
Mientras yo me debatía por si era o no un buen plan; el plan, el plancito digamos, por llamarlo un poco más dulcemente, esperaba paciente a mi lado. Sus ojitos entrecerrados, su frente un poco arrugada… Meditaba. Cabizbajo.
Su mirada se había perdido en una plantita de albahaca que, no muy lejos de él, crecía en lo que antes había sido una lata de arvejas y ahora era una improvisada maceta.

La planta, indiferente, crecía sin mayores preocupaciones, al menos eso era a los ojos del plan, su perfume lo inundaba todo –todo el recinto en el cual ambos se encontraban, claro está, ¿que quién sabe qué mundo habrá ahí afuera?– y, también a los ojos del plan, no había en la vida mucho más sentido que hacer y ser lo que la planta era: una criatura completa e independiente, grata de ver, grata de oler, que no perjudica a nadie, que agrada sólo con su propia presencia y que, incluso, en alguna que otra ocasión, podía servir de condimento para alguna comida.
Condimento gastronómico.
Condimento para el paladar.
Condimento para el alma.

Así pensaba él.
El plan –que sólo hubiera querido tener una “t” y una “a” más para poder ser plan“t”,“a”– deseaba ser algo más simple que todo lo que, para él, yo estaba –quizás muy exageradamente, lo admito– planeando.
Justamente: planeando. Planeando el plan.

… Y mientras tanto…
Mientras yo me debatía por si era o no un buen plan, y mientras el plan se debatía –se lamentaba, en realidad– por no haber nacido con un par de letras más para ser algo un poco menos grandioso de lo que sería; la planta, la plantita digamos, por llamarla un poco más dulcemente, la albahaquita digamos, por llamarla específicamente además de con dulzura, miraba de reojo y muy de reojo al plancito que esperaba paciente a mi lado.
Sus ojitos bien abiertos y mirando con un aire, a los ojos del plan, de superioridad; su frente bien estirada, con aires de gran alcurnia, claro, repito, nuevamente, a los ojos del plan.
Sin embargo, la realidad es que la planta estaba intentando –con no mucho éxito, digámoslo– mirar al plan, el cual yo había puesto en una posición un tanto impedida para la movilidad de la pobre albahaquita. Ella, que había germinado mirando a la ventana, quería ahora mirar al plan que yo había colocado a  mi lado, sobre el escritorio; y claro, ¡le costaba!, ¡y cómo!
Sus ojos apenas si lograban divisarlo y su frente se estiraba para compensar la tortícolis que la posición le estaba dando. Y, a pesar de la mirada sobradora y agrandada, que a los ojos del plan se estaba dibujando, ella lo miraba con admiración y gran deseo. Ella, que hacía tiempo ya que convivía en este ambiente de la casa, me había visto –y había oído también– crear y edificar muchos, muchísimos, planes. Pero ninguno, digámoslo, tan grandioso y ambicioso como éste. Y por eso no resistía el deseo de observarlo así, desde bien pequeñito, a pesar del dolor en las cervicales que esa postura le provocaba.

El plan la miraba extasiado. Le parecía una planta sencilla, magnífica soberbia. Y mientras tanto, el ruido de mi teclado tipeando estas palabras le impidieron a mi plancito escuchar el suspiro de mi albahaquita cuando decía: “¡Ay! Si tan sólo hubiera sido un ínfimo y pequeño plan. Útil. Libre. ¡Nada tan horrible como esto de estar apresada a una lata asquerosa con pretensiones de maceta!”

«Yo no soy un gran señor,
pero en mi cielo de tierra
cuido el tesoro mejor
mucho, mucho, mucho amor.»

— María Elena Walsh.

A Alberto Jesús Tassitano
por poner en valor aquello que tengo
-en mí-
para -y aún sin- decir,
por enseñarme a hacerme cargo de la escucha;
¡por alentarme, ineludiblemente,  a expresarlo!

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© 8071422016061051
El PLAN que quería ser PLANTA

Buenos Aires, ♀ 10/06/2016
Autor: Pablo Gato Toledo

Texto inspirado en: Isolina Nieto, Lilián Logarzo y Evangelina Morales.
Agradecimientos a: Antonella Loccisano sin la cual este texto hubiera permanecido guardado y sin publicar.

Créditos de la Imagen
Fotógrafo: Google Maps.
Título: El Rosedal
Imagen: Paseo El Rosedal, Buenos Aires, Argentina.
Fuente: https://goo.gl/maps/UMiBYAUrjbit6cZ29

Letra y Música
Se sugiere maridar El PLAN que quería ser PLANTA con la Canción del Jardinero de María Elena Walsh,
a continuación les comparto mis dos versiones preferidas:
Versión original: https://www.youtube.com/watch?v=ABS5FiZlKcU
Versión instrumental de Mariana Pretto: https://www.youtube.com/watch?v=XmG_la0ccyA
Walsh María Elena. (1963). Canción del Jardinero. Canciones para mirar. [1963] (CBS 1098)

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12 comentarios en “El PLAN que quería ser PLANTA

    1. Avatar de Pablo Gato Toledo
      Pablo Gato Toledo dice:

      Moltíssimes gràcies, Josep Maria.

      Tant de bo continuïn agradant les pròximes publicacions als lectors.
      I, espero també poder fer algunes històries en català perquè cada vegada trobo més bellesa en aquesta nova llengua que lentament comença a ser també la meva.

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    1. Avatar de Pablo Gato Toledo
      Pablo Gato Toledo dice:

      Gracias por tus palabras, Tom.
      Las tomo como de quien claramente aprendí el hábito de la lectura: interminables siestas bajo el sol veraniego, cada uno en una punta distinta de la terraza, cada uno en su libro, cada uno en su historia, cada uno en su mundo… vos y yo, como siempre: tan distantes y tan juntos.
      Abrazo enorme.
      Gracias por tantos y tantos años de mutua literatura compartida.

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  1. Avatar de Alberto Tassitano
    Alberto Tassitano dice:

    Buenos Aires dos veintiseis de la madrugada. Abro de rerum y me sorprende la sorpresa. Una dedicatoria. De algo ya leido en otro tiempo, en otras circunstancias, bajo otros planes. La sorpresa se transforma en maravilla: ya todo estaba escrito.

    Gracias por este recuerdo Pablo.

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    1. Avatar de Pablo Gato Toledo
      Pablo Gato Toledo dice:

      Desde que decidí abrir el blog, hace ya más de año y medio, siempre tuve clarísimo que éste era el primer cuento que iba a publicar.
      Hay algo (no en el texto en sí, sino en el contexto histórico en el cual fue redactado) que me hace sentir que este cuento fue escrito desde siempre para inaugurar mis publicaciones.

      Me senté a escribirlo con bronca, con impotencia, con enojo, con hastío, cansado de la presión de tener algo dentro por sacar pero carecer de la valentía para afrontar el proceso de hacerlo (a pesar de que hoy por hoy exprese esta situación con palabras de agradecimiento como lo he plasmado en la dedicatoria)…
      … terminé de escribirlo en paz, con alegría, con orgullo, con admiración (no del texto en sí, sino del proceso), con una extraña calma que comenzaba a sugerirme que el escribir (el volver a escribir, en realidad) era, nuevamente, el nuevo rumbo de mi vida…

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