DesESperarSE, desESpejarSE

«Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano.
Y es solitario.»

— Clarice Lispector.

Francisco apoyó las yemas de los dedos de su mano derecha sobre el cuerpo de la puerta entornada de su cuarto (apenas abierta aunque casi cerrada) y, si bien no necesitaba abrirla para saber con exactitud la situación con la que se encontraría, sí le eran imprescindibles unos instantes para preparar su mente y sus emociones para enfrentar la angustia y el abatimiento que dentro de la recámara se acumulaban porque, aunque no era algo que quisiera confesar ni confesarse, eran la misma angustia y el mismo abatimiento que desde hacía tantos años lo invadían.

Apoyó la palma abierta de su mano izquierda sobre la parte alta de su pecho y acompañó, con ésta, el movimiento de su caja toráxica… inhalando y exhalando un aire que buscaba, en las respiraciones profundas, la fuerza necesaria para continuar ocultando y ocultándose las penurias que lo laceraban.

Sus suspiros mudos, desde fuera de la habitación, contrastaban con los quebrados quejidos quedos que, con quebranto imperceptible, emergían del interior de ésta.

Había decidido hacer oídos sordos a sus propias congojas que ahora vibraban y resonaban con ese llanto apagado, ronco y sin lágrimas que se arrastraba a través del la puerta (apenas abierta aunque casi cerrada) como el resabio de una tos anciana y seca más que como las jóvenes emociones violentas que quebraban aquella voz quejumbrosa que del cuarto emergía.

Hastiado de todo y de todos, pero más aun hastiado de sí mismo, Francisco resopló con estruendo la última bocanada de aire que abandonó su boca como una amenaza, dejó caer la mano que antes contenía su pecho y las yemas de sus dedos abrieron la puerta exhibiendo así sus inquisidores ojos crueles, altivos, que (blandiéndose como una advertencia) manifestaban la exigua cuantía de su destrozada paciencia (apenas aún abierta aunque casi cerrada) al tiempo que la parte baja de puerta golpeaba contra el borde de los pies de la cama gigante que invadía aquella pieza tan diminuta.

Guillermo no se movió. No lo miró. Hizo caso omiso de su presencia.
Estaba desde hacía rato con la vista perdida en el empeine de sus gastadas zapatillas rotas y descoloridas, cubiertas de polvo de cal y de cemento, en las que se encastraban sus desnudas piernas huesudas, mientras que sus antebrazos descansaban sobre sus muslos contenidos en unas improvisadas bermudas de un ajado jean viejo recortado por sobre la rodilla.
Su llanto era una estúpida emoción averiada e ineficaz; se había oxidado de tanto uso y ahora carecía de convulsiones, de lágrimas y de conmociones enérgicas: sólo era un ronquido moribundo que se parecía más a un sonido traqueotómico que a una verdadera angustia homologada.

«¿Todavía no te bañaste?» hubiera querido estallar Francisco (y sus ojos implacables) al verlo enfundado en la camiseta vieja y llena de agujeros toda transpirada; pero, prefirió llamarse al silencio dado que el polvo de cal y cemento pegado al sudor del cuerpo y de la cara de su hermano eran evidencia que había estado acomodando el desorden prehistórico de los materiales sobrantes de las remodelaciones jamás acabadas por falta de presupuesto familiar.

«¡Te dije que yo me ocupaba de eso!» pensó entonces decirle; pero decidió, de nuevo, permanecer en silencio para no iniciar otra discusión interminable dado que hacía más de ocho meses que se había comprometido a hacer un orden y una limpieza que jamás había hecho y que ahora su hermano había terminado en su lugar.

La cuestión no era que no supiera qué decir; muy por el contrario se conocían el uno al otro hasta el más extremo y recóndito detalle. El eje central de la situación es que él no quería decir lo que sabía que el otro tenía necesidad de escuchar porque ello hubiera significado demoler la puerta (apenas abierta aunque casi cerrada) de unas eternas angustias que jamás nunca había querido enfrentar.

Pensó entonces en darle las gracias por haber hecho por él el orden y la limpieza que nunca había concretado pero, la soberbia (propia) y las eternas pasadas de facturas (ajenas) le parecieron una combinación letal que terminaría en un embate indeseable.

—Estoy algo depre y agobiado… Intentando pautarme cosas… Cosas para hacer… Cosas que hacer… para sobrellevarlo… —Guillermo por fin había dejado de ignorarlo. Aunque, en rigor de verdad seguía abstraído en el polvo ceniciento que desgajaba su calzado.
Las palabras habían caído ya de sus labios, y se habían desparramado por el pequeño mundo de esa exigua habitación compartida, obligando entonces, así, a su hermano a recogerlas.

Francisco lo odió por haberse encargado de hacer su tarea porque ahora se sentía en la obligación de retribuir el gesto con actos y palabras que no quería transitar. Si no estuviera en deuda tan reciente ya habría iniciado una discusión presta y efectiva por “absolutamente cualquier cosa” para poder ofenderse y salir de la situación incómoda en la que se encontraba.

Guillermo estaba realmente deprimido.
De no haberlo estado podría haber percibido (y disfrutado) la situación de superioridad en la que, momentáneamente, se encontraba y el jaque en el que había puesto a su némesis y complemento, amigo y sicario, villano y confesor, y tantos y tantos contrasentidos que él y su hermano conformaban.

No eran gemelos (a pesar de que ésa era la mentira que ambos mantendrían por siempre frente a todo el mundo), eran sólo mellizos… pero, como las dos caras de una misma moneda, no había dos personas tan diferentes en el mundo que a la vez se parecieran tanto: ¡tan carne y uña como agua y aceite!
No eran gemelos y eso les pesaba. Habían decidido vivir sus vidas en la mentira (sólo por ellos conocida) de haber estado juntos y en la misma bolsa uterina desde el momento de la concepción, y jamás contaron a nadie (y le prohibieron a su madre hacerlo) que por complicaciones en el parto, y por las cinco horas que éste duró, terminaron finalmente naciendo en días distintos.
No eran gemelos pero se comportaban como si lo fueran: ¡a veces complementándose de formas inimaginables!, ¡y otras lastimándose en sitios internos que sólo ellos conocían!

Creo que no debe haber existido jamás en toda la historia de la humanidad dos personas que se amaran tanto y que se odiaran tanto tanto, también: ambos, juntos, conformaban un flanco inexpugnable de protección mutua que los hacía invulnerables frente al mundo pero que los dejaba a merced, el uno del otro, de una forma peligrosa y preocupante.

—No sé qué es lo que me pasa —continuó Guillermo como si el prolongado, gélido y sombrío silencio recibido fuera la respuesta que él esperaba—. No es nada en específico. Tal vez el cambio de clima. Tal vez la crisis social y económica. Y, sin ningún lugar a dudas: la vida.

—Deprimirse por cosas externas que uno no tiene en sus manos modificar es de idiotas y nosotros, ¡te recuerdo!, no lo somos —Francisco había ametrallado con artillería pesada porque luego de medio siglo y chirolas tenía muy claro que el que pega primero, pega cien veces.

—No me estoy distrayendo ni desenfocando de lo que sí se puede modificar… sólo estoy contextualizando un poco algo que no se puede ni siquiera expresar en detalle sólo con palabras… estoy hablando de algo que me excede. De algo que me envuelve. —Largo silencio mutuo— Que NOS envuelve, por más que vos te hagas el pelotudo.

—El mejor remedio para la depresión es tomar decisiones. Ni más ni menos que eso. Así de sencillo. Tomar decisiones y ya. Una, y otra, y otra. Pensá en qué cosas están a tu alcance modificar para que tu vida sea mejor y empezá a hacerlas. —A medida que hablaba, Francisco elevaba más y más la voz buscando tapar dentro de sí los pensamientos y las emociones que lo conectaban con las palabras que estaba diciendo y que, muy a su pesar, podrían derribar la puerta (apenas abierta aunque casi cerrada) de sus miedos y frustraciones que no quería jamás enfrentar.

—Lo estoy haciendo. Por eso mismo acomodé y limpié los materiales de construcción… Aunque jamás se termine la obra… Y, en este mismo momento lo estoy haciendo; es decir, si te lo cuento es porque es parte de otra gran decisión: compartírtelo. —Guillermo abandonó sus zapatillas inútiles y clavó por fin sus ojos cansados en los mismos ojos agobiados que, como un espejo, le devolvían una mirada rota y abatida que ya había perdido, involuntariamente, toda vileza como así también cualquier ineficaz intento de autodefensa.

El llanto de Francisco, profundo y desgarrador, poco se pareció al quejido herrumbroso con el que se había encontrado él al entrar al cuarto hacía tan solo unos instantes; por el contrario, era un enardecimiento intenso que lo sacudía desde lo más invisible de sus cimientos.

Pero Guillermo continuó.
No había ya razón alguna para no seguir hablando.

—Compartirlo es buena idea. Hablar (donde corresponde, cuando corresponde y con quién corresponde) siempre hace bien. —Se paró y estiró un brazo para sostener a su “gemelo” que temblaba, pero éste ya se había apoyado contra el ropero viejo mientras se sostenía también de la puerta entreabierta— Hay que elegir lo que a uno le hace mejor dentro de las opciones que tiene. Y las que no tenemos, no las tenemos. —Lo ayudó a sentarse a los pies de la cama, en el mismo sitio de dónde hacía un instante él se había incorporado— Es todo una cuestión de metas… ya tenemos más de cincuenta años… y ser realistas nos va a evitar vivir la frustración de lo que no podamos hacer. Es ser consciente de lo que cada uno pudo lograr y también de darse crédito por eso… y recién entonces se sigue.

Francisco miraba sus zapatillas como antes lo había hecho Guillermo: la misma posición de la espalda, los mismos antebrazos apoyados sobre sus piernas… sólo un llanto desmedido y por décadas contenido desespejaba las dos situaciones… su brazo izquierdo se levantó mostrando al aire una palma abierta que suplicaba silencio.

—Dale —dijo Guillermo contestando al gesto—, me voy a bañar entonces. Enseguida estoy listo. Ya vengo.

«Todo disfraz repugna al que lo lleva.»

— Silvina Ocampo.

A Keke y a Dani,
protagonistas involuntarios de esta historia.

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DesESperarSE, desESpejarSE

Barcelona, ☿ 04/12/2019 – ♃ 05/12/2019
Autor: Pablo Gato Toledo

Texto inspirado en una conversación entre Guillermo Francisco Cerezuela y Daniel Alejandro Munitz.
Agradecimientos a: Daniel Alejandro Munitz por la claridad y sencillez de sus críticas literarias, siempre tan precisas y tan edificantes.

Créditos de la Imagen
Autor: Alberto Durero.
Año: 1514
Título: Melancolía I.
Localización: Galería Nacional de Arte de Karlsruhe, Karksruhe, Alemania.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Melancol%C3%ADa_I

Letra y Música
Se sugiere maridar DesESperarSE, desESpejarSE. con el Valse Sentimentale de Piotr Ilich Tchaikovsky,
Piotr Ilich Tchaikovsky, (1882). Valse Sentimentale, Op.51, No.6. Seis Piezas Op. 51. [1882]
A continuación les comparto mi versión preferida:
Versión de Josef Sakonov and London Festival Orchestra: https://www.youtube.com/watch?v=rUuusqy50yk
Josef Sakonov and London Festival Orchestra. (1996). Valse Sentimentale, Op.51, No.6.
In a Monastery Garden: The Immortal Works of Albert Ketèlbey . [1996] (Decca Music Group Limited)

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Un comentario en “DesESperarSE, desESpejarSE

  1. Avatar de Lilian
    Lilian dice:

    Me gusta mucho tu escritura!
    Tus detalladas descripciones, el lenguaje, las imágenes se van formando a medida que leía el texto…
    Felicitaciones!
    «Siga así» como decían antes las maestras…

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