YAMILA: UNA DESPEDIDA (NINGÚN ADIÓS)

«Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.
Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.
Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú.
Sé tú el que aparta la piedra del camino.»

— Gabriela Mistral.
(Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga)

Fue una sesión como cualquier otra.
Nada particular ni nada en particular.
Nada memorable ni nada para ser olvidado. Los mismos temas de siempre y también siempre los mismos mecanismos de análisis. Hacía tiempo ya que yo estaba bien y continuaba mejorando semana a semana.

“Vamos a dejar acá.”
(¿“¿Vamos a dejar acá?” o “¡Vamos a dejar acá!”?)
Nunca entendí si era una pregunta, una invitación o un anoticiamiento, de todos modos, marcaba (y así lo aceptaba yo) el final del encuentro.

La puerta se abrió y salí a un pasillo en el cual Yamila no estaba.

Miré el escalón vacío donde ella solía siempre sentarse a esperar. Por primera vez ese escalón se me confundió con uno más, con cualquier otro de toda esa escalera fría, y más fría hoy sin ella sentada allí.

Era menester no detenerse frente al escalón vacío, era menester continuar hasta los ascensores y llamar el que me llevaría nuevamente a aquella vida que se vive entre sesión y sesión, semana a semana.

Sabía que dos ojos, a mis espaldas, seguían analizando cada una de mis acciones y no quería que ellos supieran que los míos habían naufragado en la ausencia de Yamila.

Pulsé el botón y calculé que el ascensor estuviera a dos pisos de llegar para darme vuelta y saludar hacia la otra punta del pasillo.

Me volví a despedir sólo para tener un pretexto que me permitiera descubrir si había sido descubierto, o no, descubriendo la ausencia.

La de Yamila.

La ausencia de Yamila.

En el mismo instante en el que entré al ascensor escuché el ruido del ascensor de al lado deteniéndose en el mismo piso. El corazón me latió trepidante por un instante. Pero sólo por un instante. Sabía que no era ella.

No necesitaba ni siquiera ver para confirmarlo. No quería tampoco. Ver otro rostro y otra contextura física sería aún más doloroso y menos soportable.

Desde el interior del ascensor cerré las puertas con una lentitud silenciosa que me permitió escuchar como una nueva voz saludaba y entraba en ese, nuestro, consultorio; el de Yamila y el mío.

Me alegré de no haber conocido la nueva cara y llegué a la planta baja sabiendo que esta otra chica, la nueva, era más bajita que Yamila y con un aspecto más risueño y menos frágil.

Al cruzar la vereda el sol me acarició el rostro un poco con dulzura, un poco con inclemencia (como todo en la vida).

Miré el reflejo de la luz tan blanquecina rebotando en mi camisa tan blanca también y quise pensar en que quizás había cambiado de día y de horario, que quizás ya había tenido su alta, que quizás hubiera cambiado de profesional… ¡hay tantos terapeutas!

La recordé tal y como estaba la primera vez que la vi: ella, un bollito, casi en posición fetal, llorando a mares, intentando ocultar lo inocultable: una angustia, una pena infinita. Tan infinita como su ausencia. La de hoy.

La recordé luego semana a semana, siempre en el mismo escalón, cada vez menos ovillada, cada vez más erguida, cada vez más entera, cada vez más germinada en aquellas viejas sus propias lágrimas.

Era indudable que cada día, semana a semana, habíamos estado mejor.

Quise creer entonces que no había cambiado ni de día ni de horario sino que había dejado de ir porque ya no lo necesitaba. Tal como me ocurriría a mí prontamente.

Era indudable que cada día, semana a semana, habíamos estado mejor.

La recordé entonces tal y como estaba aquella otra tarde en la que la vi, por primera vez, sonreír. La saludé. Fue la primera vez que hablamos. Fue raro. Instintivo. Saludable. Fue un saludo saludable, para ambos. Simplemente no pude evitar, al pasar, saludarla y seguir hacia los ascensores mientras la escuchaba entrar a ese, nuestro, consultorio.

No supe ni sabré más que su nombre: Yamila (así la saludaba el terapeuta cada vez que ella entraba, cada vez que yo salía).

No supe ni sabré jamás las razones de esas lágrimas suyas tan desgarradoras ni tampoco cómo se habían trocado en sonrisas.

Sólo sé que me hacía muy bien verla allí sentada, esperando su turno.

No me atraía como mujer, a pesar de ser muy hermosa, ya que era varias décadas menor que yo. Tampoco me despertaba un amor paternal ni me daba deseos de conocerla más que esos pocos segundos en que yo pasaba a su lado mientras ella se incorporaba. Simplemente me reconfortaba verla allí y verla mejor semana a semana. Como yo.

La semana que siguió cambié el horario.

Llamé al terapeuta un día antes de la sesión para pedir postergarla para dos días después.

El cambio de horario implicó que no me atendiera en ese consultorio.

No obstante. Al salir. Volví a recordarla.

Creo que fuimos compañeros de trinchera.

Creo que peleamos las mismas batallas aún incluso cuando nuestras guerras fueran distintas.

Ahora que yo me despido de esta terapia, de esta ciudad, de este país y de este continente para poder por fin volar tras mis anhelos espero que ella haya podido también encontrar el camino que la lleve a sus sueños, a sus deseos, a su hogar.

Espero que ella sea capaz de ser quien escriba su propio destino.

A todas las mujeres
que aprenden a germinar
en sus viejas propias lágrimas.

A todos los hombres
que se permiten ser testigos silenciosos
de esos floreceres.

A ella: Yamila,
quienquiera que sea,
donde sea que esté.

«Usted no puede esperar construir un mundo mejor sin mejorar a las personas.
Cada uno de nosotros debe trabajar para su propia mejora.»

— Marie Curie.
(Marya Salomea Sklodowska)

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Yamila: una despedida (ningún adiós)
Buenos Aires, ♀ 09/02/2018 – ♄ 10/02/2018
Autor: Pablo Gato Toledo

Texto inspirado en: Yamila…
Agradecimientos a: Anahí Rayen Mariluán por inspirarme una y tantas veces con la belleza y la excelencia de su arte infinito.

Letra y Música
Se sugiere maridar Yamila: una despedida (ningún adiós) con la canción Dejé mi corazón a la orilla de un río de Anahí Rayen Mariluán
(Arreglos: Daniel Mariluan, Cello: Patricio Villarejo)
A continuación les comparto el link:
https://www.youtube.com/watch?v=WC6k_JilpZM
Anahí Rayen Mariluán. (2015). Dejé mi corazón a la orilla de un río. Kisulelaiñ. [2015] (arteadentro)
https://www.anahimariluan.com.ar

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4 comentarios en “YAMILA: UNA DESPEDIDA (NINGÚN ADIÓS)

  1. Avatar de elisabetta76
    elisabetta76 dice:

    Buenísimo! Gracias por describir algo casi invisible, hecho de sonidos, gestos,….por tu mirada atenta y poética, para inspirar a crescer y a ayudar. Gracias!

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    1. Avatar de Pablo Gato Toledo
      Pablo Gato Toledo dice:

      ¡Gracias a tí, Eli!
      Gracias por tus palabras y por tu apoyo en este sueño de escribir.
      Me alegra que te haya gustado, y no me extraña, tú eres también una persona siempre atenta a lo pequeño, siempre atenta a lo sustancial.

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