BULLYING.2

Segunda parte:
SIDE B

«How much pain can you take
before your heart breaks?
Before your heart breaks.«

— JON BON JOVI and DAVID BRYAN,
ONLY LONELY.



—¿Por qué mierda existo? ¿Para qué me tuvieron? ¿Cómo mierda se les ocurrió buscarme o es que quedaste embarazada así porque sí nomás?

M

i madre no entendía nada.
Nunca.

Nunca entendía nada.
Nada de nada.

Me miró sorprendida y donde había un adolescente desbordado viviendo una situación extrema ella vio a un hijo pródigo que tornaba a sus brazos. En su delirio creyó que ese hombrecito taciturno que siempre la esquivaba y casi ni le hablaba la estaba por fin invitando a tener una profunda charla madre-hijo y a disfrutar de una cálida reunión familiar.
Lo dicho, como siempre: nunca entendió nada.
Nada de nada.
Y eso aumentaba, día a día, con creces, mi soledad y mi desamparo.

Se había sentado y me tomaba las manos. Sonreía y, extasiada, me hablaba con un sentimiento y una felicidad tan profunda y visceral que a mí me provocó náuseas. Su emocionalidad era pornográfica, ostentosa y exagerada.
Me contó que ella se había enamorado mucho de mi padre (se refería a mi padre biológico y no al que, mal que mal, me criaba desde que tengo memoria) “porque-era-un-buen-hombre” (sic.), que ambos se casaron menores de edad y que mis cuatro abuelos tuvieron que autorizar dicha unión frente a notarios públicos.

Yo escuchaba horrorizado. No porque hubiera algo cancerígeno o demoníaco en lo que ella contaba sino porque yo conocía en carne propia el desenlace de ese puto cuento de hadas que ella, evidentemente, por su forma de narrarlo, todavía se creía.
Me acuerdo a la perfección, como si fuera hoy, con absoluta nitidez que pensé «pero entonces no eran dos descerebrados; eran, ¡como mínimo, seis!, ¡¿es que nadie, absolutamente nadie, ni mis progenitores, ni sus respectivos progenitores, tuvo dos dedos de frente como para ver lo que se vendría después?!».
Me quedé en silencio mirándola con odio. Con un odio profundo y visceral, con el mismo odio profundo y visceral con el que debería haber enfrentado a mis agresores aquella mañana en vez de fingir una paz interior de la que carecía.
Escuché con asco el pésimo libreto de esa telenovela berreta que vomitaba esa boca que, con inocencia y disfrute, me sonreía; hasta que no pude más y estallé:

—Te pregunté por mi nacimiento, no por tu boda. ¿Cuándo, cómo, dónde, y sobre todo por qué y para qué me tuvieron? ¿Qué fue lo que pasó? ¡Eso es lo que te estoy preguntando!

Era demasiado para ella.
Su cara y su cuerpo quedaron congelados como cuando se tildaba el procesador de textos. Nunca supe si no entendió la pregunta o si la desencajaba que aún, tantos años después, no supiera cómo responderla. Titubeaba y balbuceaba frases y palabras sueltas. Era incapaz de armar una oración completa y, mucho menos que menos, un discurso coherente. Pero, entre las pelotudeces que dijo, tiró dos fechas claves: el día de la boda, y el de mi nacimiento. Y allí, en ese instante, mi vida cambió para siempre.

Pregunté y repregunté una y mil veces porque creía que se estaba equivocando.
Le hice revolver la casa entera hasta que encontró las fotos de su boda, en blanco y negro, y todas selladas por detrás con una tinta azul violácea donde se leía el nombre de la casa fotográfica y la fecha precisa que ella había decalarado.

—¿Ves? —me dijo triunfante.

Diez meses separaban un evento de otro. Diez largos, larguísimos meses, con varios, varios días de yapa.
Mi cuerpo no me respondía. Sentía que, otra vez, iba a empezar a convulsionar. Y yo no quería más convulsiones. No quería volver a eso jamás.

Pero ese día, todo eso…
Todo… Todo…
Todo. Todo.
Todo eso era demasiado para mí: los tormentos históricos de siempre, el maltrato constante que recibía en el aula, el maltrato desmedido que había padecido esa mañana en el primer recreo, el no tener a nadie con quién hablar y a quién contarle, el haber estado todo el día con una fingida sonrisa amorosa cuidando a mi hermano… y ahora esto.
Me temblaban las manos y las palabras me salieron sólo porque no las pude contener… toda mi vida entera había sido contener y contener… pero ya no pude…

—Pero entonces… —la voz no me salía, me era imposible seguir hablando— … ¿vos no te casaste… embarazada?…

—¡No!, ¡pero no! ¡Claro que no! —estaba tan sorprendida como indignada— ¿De dónde sacaste algo así?

El último resquicio de cordura y de amor propio que a duras penas aún conservaba se me desmoronó en ese instante.
Ya no tenía cimientos ni vallas de contención.

Ya no tenía cimientos.
Ni vallas de contención.

Ya no tenía cimientos.

Ni vallas de contención.

La historia que siempre me había autonarrado hasta aquél día se había desvanecido en un santiamén dejando un vacío agónico que me asfixiaba. Y sentí el vahído provocado por el descenso abrupto de la presión sanguínea.

Siempre había creído que mi madre se había casado embarazada. Me había autoconvencido de que mis padres biológicos fueron dos adolescentes idiotas e irresponsables que habían sido obligados por mis abuelos a casarse a consecuencia de la fecundación no deseada que habían provocado después de fornicar como bestias en celo durante varios meses.
Esa convicción era lo único que me hacía perdonarles mi llegada al mundo y perdonarme a mí el hecho de existir.
Si eso se desvanecía, se desvanecería también mi capacidad de perdonar. Y de perdonarme.

Mi madre me había contado una y un millón de veces su repugnante historia de amor sacrosanto; pero, viendo yo lo imposible que resultaba que “esos comienzos” que ella me ofrecía encastraran con “aquel final” que yo aún padecía…

Desde niño había escuchado aquél cuento de Disney que tomé como un bobo intento de regalarme una historia más bonita para mi pobre vida; y luego, de adolescente, lo seguí escuchando como un miserable intento desesperado de imponer una complicidad en la que ella no tuviera que cuestionarse su liviandad ni yo mi existencia.

Pero no.
Era la verdad. Ella se había casado primero. Y después de eso se había embarazado de mí.

Mi cuerpo no respondía. La debilidad, nuevamente, era extrema.
Me paré y me dirigí a mi cuarto, a desmayarme (literalmente a desmayarme) en mi cama: cualquier cosa antes con tal de no volver a convulsionar…
No tengo muy claro si hice el trayecto erguido o agarrándome de las paredes para no caer, no tengo mucho recuerdo ni registro de esos últimos minutos antes del desmayo; pero, parece ser que mientras me iba, mi boca, que ya no podía ni callar ni contener, se terminó de despachar:

—¡No lo puedo creer! Resulta que al final sos mucho, mucho más estúpida de lo que yo pensaba.



«I got this timebomb
ticking in my head.
This time I think
it’s gonna blow.
How can I say: «get away!»?
When I just can’t let go.»

— JON BON JOVI and DAVID BRYAN,
ONLY LONELY.




A los funebreros

Canales de contacto:
Google: dererumnatura.art.blog@gmail.com
Instagram: https://www.instagram.com/dererumnatura.art.blog/

© 8071422021100412
BULLYING.2 – Segunda parte: SIDE B

Barcelona, ☉ 03/10/2021 – ☽ 04/10/2021
Autor: Pablo Gato Toledo

Texto inspirado en un reciente reencuentro con mis compis de secundario.
Agradecimientos: a Diego Somoza por haber propiciado el encuentro y a Tomás Arreche por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: @tomdaspraias
Año: 2018
Título: LITNAFNI OIRITRAM
Instagram: https://www.instagram.com/tomdaspraias/

Letra y Música
Se sugiere maridar BULLYING con Only lonely de Bon Jovi,
Jon Bon Jovi and David Bryan, (1985). 7800° Fahrenheit, Only lonely. Mercury Records (US). [1985]
Versión del canal oficial de Bon Jovi: https://www.youtube.com/watch?v=tfIu7hf5nqc

¡Gracias por leer!
¡Mantente al día para leer más entradas!
Suscríbete para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.

Un comentario en “BULLYING.2

Deja un comentario