Necesité nueve días para entender que nunca tendría el coraje suficiente de enfrentar a mi hermano cara a cara y tener con él una charla reparadora
La imagen de él, pequeño, viendo esa escena me causaba hoy, más de dos décadas más tarde, una angustia, propia y ajena, que no podía, ni podría, manejar.
Sin embargo, una vez más, me sentía en la obligación –compromiso– de ser yo quien intentara brindarle alguna que otra palabra que pudiera suplirle algún consuelo. Ésa había sido, y evidentemente seguiría siendo, mi relación con mis hermanos y supe que ése sería mi rol la noche del día en que vi morir a mamá.
La primera vez que vi el cadáver de mamá, al igual que le ocurriría luego a mis dos hermanos, también estaba solo y también tenía apenas unos pocos años; no obstante, a diferencia de ellos estuve a riesgo de morir yo en el evento.
Esa noche en la oscuridad total del cuarto, acostado en mi cama, comprendí, más por necesidad que por deseo, que mi vida había cambiado: dado que la vida de un huérfano no es, ni más ni menos, nada distinto que la de cualquier mortal entendí que no tenía, ni tendría, sentido obsesionarme con la imagen de ella tirada allí con el cráneo fracturado y desangrándose –su mano intentando contener su corazón que, era evidente, también se había quebrado, parecía una garra que quisiera terminar de lapidarlo más que un gesto de autoclemencia–; lo único que tenía sentido comprender en ese momento era la gran responsabilidad que tendría el resto de mi vida intentando contener a mi hermanito que dormía en la cunita a mi lado y al benjamín que nacería seis años más tarde porque era imposible que tales acciones pudiera hacerlas una madre que, en definitiva, había muerto mucho antes de habernos parido.
Nueve días más tarde y con la convicción de saberme incapaz de enfrentar una charla de ese tenor decidí comunicarme por escrito.
Durante los próximos tres días lo atormenté a toda hora con mensajes casuales e inconexos: “¿Cómo estás?”, “¿Cómo te sentís?”, “¿Querés charlar de algo?”; él los iba gambeteando uno a uno, sin mucho interés, sin mucha molestia con la inercia propia de quien está acostumbrado de por vida a no hablar nunca jamás de sí mismo hasta el día en que explota y hace catarsis.
Al tercer día descubrí un algoritmo de apuestas que haría saltar la banca: los cuatro perros, el gato y las dos gatas hacía años que habían muerto pero la tortuga, con sus casi treinta cuatro años aún no cumplidos era un testimonio vivo de aquella nefasta época que yo insistía, todavía, desde hacía décadas, sin mucho éxito, reparar.
Así que resolví apostar all in y a ciegas a la tortuga. Y una cosa llevó a la otra, y los textos que ambos nos escribíamos se fueron desviando hacia la porción de terreno que yo quería que pisáramos juntos nuevamente: esa fracción de jardín que quedaba comprendida entre la piletita de aguas podridas y la pared de ladrillo a la vista del fondo de aquella casa que ya hacía años se había vendido, con la puerta de acceso al galponcito a la izquierda y el arbusto de flores amarillas a la derecha.
Cuando logré por fin comunicarle mis preocupaciones y, sobre todo, ofrecerle apoyo él concluyó el diálogo con una sola palabra:
«Innecesario.»
Y a partir de ahí no contestó ni escribió más.
Me fui a dormir, como tantas veces en mi vida, con todas mis penas y las suyas y las de mi otro hermano.
En la oscuridad total del cuarto, acostado en mi cama, el techo era invisible y el único dolor en mi pecho no tenía que ver con nada de nuestro pasado sino con la ausencia, la carencia de una cunita a mi lado con alguien, aún hoy, a quien cuidar.
«I don’t wanna pacify
— FRANKIE HECKDUT AND JIM CARREY,
I don’t wanna drag you down
but I’m feeling like a prisoner
like a strange in a no-name town.»
NO EASY WAY OUT
Continuará, el mes próximo, en
EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 4
A mi madre.
Por enseñarme a escribir.
Por condenarme a escribir.
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EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 3
Buenos Aires, ☉ 24/09/2017 – Barcelona, ☉ 17/06/2018
Autor: Pablo Gato Toledo
Secuencia de textos inspirados en el capítulo 6 de la temporada 1 de la serie Rick and Morty: Rick Potion #9.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.
Créditos de la Imagen
Autor: John Everett Millais
Año: 1851-1852
Título: OFELIA
Ubicación: Tate Britain Museum, Londres, Reino Unido.
Letra y Música
Se sugiere maridar EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 3 con No Easy Way Out de Frankie Heckdut y Jim Carrey.
No Easy Way Out, Frankie Heckdut y Jim Carrey (1983). Robert Tepper, No Easy Way Out,Scuby Brothers Records EMI. [1986]
Versión del canal de Robert Tepper – No Easy Way Out (Official Video): https://www.youtube.com/watch?v=rOXaPE6gklI
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tremendo y espectacular amigo. Siempre me hacés sentir tan orgullosa de vos y admirarte tanto.
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Precioso, Gato.
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