EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 7

Innecesario

El mensaje me había llegado claro, clarísimo, sin el menor atisbo de dudas: innecesario.

Mis palabras habían sido innecesarias. Mi intención de contenerlo también, innecesaria. Mi preocupación por reparar el daño provocado por las esquirlas de mamá explotando una y otra vez era de hecho innecesaria. Todos mis intentos de exorcizar el horror acumulado en ese pequeño cuerpecito no eran ni más ni menos que innecesarios porque en resumen y en definitiva yo era innecesario.

Yo: innecesario, la sombra de un ser cuya única funcionalidad consistía en buscar grietas en los cimientos fundacionales de mis hermanos y, tal como hizo tantas veces papá con la piletita del fondo, intentar reparar y reparar una y otra vez.

Las heridas en mis hermanos, y en mí por transitividad, cual las grietas al sol de la pileta del fondo volvían una y otra vez a abrirse sólo para que alguien volviera a intentar una y otra vez, con la absurda terquedad que da el necio optimismo, reparar.

Innecesario.

Yo: innecesario; entonces entendí que mis hermanos no eran esa piletita ni estaban ya en ese terreno, que tampoco yo era papá intentando reparar y reparar lo que nunca jamás tuvo ni tendría arreglo –o quizás sí, un poco, lo fuera– y que, seguramente, yo era el único que había quedado solo, fijado en aquel terreno donde y tal como tantos años antes estuviera abandonado en él mi hermanito.

Innecesario.

Es posible que mis hermanos no fueran esa piletita ni ese terreno, sin embargo, era evidente que la única forma de ocultar sus grietas, y las mías por transitividad, era, como en esa pileta, estar bien llenos y hasta el borde de aguas putrefactas sobrenadadas por verdín y restos de insectos muertos.

Entonces dejé de escribirle a él y al otro. Corté toda conexión con ellos. Los días carecieron de sentido y perdí la noción del tiempo. Vivía mi vida en una nebulosa yendo de un lado a otro y cumpliendo con mis obligaciones.

Anestesiado y sin sentir, todo era innecesario porque yo era innecesario.

De repente, un día, de la nada, el benjamín, volvió a escribirme.

«No tienen párpados porque no los necesitan. En donde alguna vez hubo ojos hay ahora vacío, oscuro, profundo. Ellos mismos se los arrancaron hace mucho tiempo con sus propias manos. No tienen nariz tampoco, llevan el tabique al descubierto como una vía rápida hacia lo que queda de sus cerebros. Olfato ya no tienen, pero huelen a nostalgia. Apestan a ella. Un vaho de ese aroma que nos recuerda tiempos pasados los envuelve por completo. Sus oídos son dos agujeros que no paran de sangrar. Pero nosotros los escuchamos. Son el crujido de una puerta durante la noche. Son el viento danzando sobre la copa de un nogal. Son los pasos a tus espaldas. Te volteas y ya no están. Ahora están en tu cuerpo, porque también son el escalofrío que te corre por la espina. Son la punzada que te inmoviliza por un segundo. Lo más podrido es su corazón, que como una esponja seca y resquebrajada se deshace un poco más con cada movimiento. Pero su intención es pacífica. Es atlántica. Es líquida. Ya olvidaron lo que es el bien y lo que es el mal. Olvidaron qué se siente sentir. Olvidaron el dolor. Olvidaron el placer. Olvidaron los colores, y ahora no ven. Olvidaron un perfume, un pedazo de carne putrefacta, y ahora no huelen. Olvidaron un beso, una caricia, el vidrio mojado, y ahora no sienten. Olvidaron el sabor del sexo ajeno, de la propia sangre a medio coagular, y ahora sus bocas son cuevas al descubierto donde anidan todo tipo de insectos. Pero también olvidaron a la vida y a la muerte, y las consecuencias fueron desastrosas. Lo único que les queda es su nostalgia y desesperación. Ni vivos ni muertos, solo quieren recordar. En el más humano de los masoquismos, quieren recordar lo que los hundió en esa lejanía. Volver a sentir esa patada que los quiebra en dos. Volver a sentir el frío de la navaja. La persona que más adoran cortándoles lentamente la yugular. En el infierno vivimos nosotros. Ellos ya están tranquilos, y les es insoportable. No tienen sentido del tiempo, solo permanecen ajenos a todo. A todo sonido, a toda imagen, a toda sensación. Nos toman de la mano mientras dormimos, están parados adelante nuestro mientras nos bañamos. Rondan nuestras vidas en todo momento y ni siquiera compasión sentimos por ellos. Y mientras nosotros sigamos enamorándonos, ellos van a seguir siendo nuestro futuro. Ellos son esos entes que ingenuamente nos envidian.»

Entonces entendí por qué todo era innecesario y por qué todos éramos innecesarios. Entendí, por fin, toda mi vida en ese instante. Y la de él. Y la del otro, el del medio.

Su mensaje era una evidencia indiscutible que me permitió comprender por qué, en este mismo instante, en algún lugar del cosmos, en algún universo, hay un benjamín abandonado en el fondo de una casa desolada, llena de perros y gatos, junto al cadáver fresco de su madre recién muerta. Y que ese niño, en esas circunstancias, vivirá por siempre dentro de la piel de mi hermano más pequeño, surcado por las grietas estructurales que al sol reaparecen una y otra vez luego de cualquier intento por repararlas.

En este contexto, todo era y todos éramos innecesarios. Nada podría cambiar el hecho de que por el resto de su vida, mi hermano, mi benjamín, sería un niño escurriéndose el agua podrida de una pileta agrietada al lado de los restos de una mujer que intentó ser su madre.

La angustia y la desazón extremas que sentí no le impidieron el acceso a la paz y a la extraña tranquilidad que lentamente me invadió. Era obvio que no sólo mi hermanito, sino que cada uno de nosotros tres era aún hoy, y lo seguiría siendo por siempre, un niño pequeñito descubriendo los restos mortuorios de su progenitora. Era tan obvio que esas grietas y fisuras provocadas por tan contundentes esquirlas son en nuestro presente la consecuencia indiscutible de aquél pasado como también igual de obvio que luego de haber hecho hasta lo imposible para rehacer nuestras vidas, haber crecido y haber amado, eran las palabras del mensaje de mi hermano, para nosotros, y para tantos otros que hubieran decidido amar y enamorarse, “El futuro del amor”: lo que inexorablemente nos aguardaba.


«But you see it’s not me,
it’s not my family,
in your head, in your head,
they are fighting,
with their tanks and their bombs,
and their bombs and their guns,
in your head, in your head,
they are crying.»

— DOLORES O’RIORDAN, THE CRANBERRIES,
ZOMBIE


Continuará, el mes próximo, en

EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 8

A mi madre.
Por enseñarme a escribir.
Por condenarme a escribir.

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EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 7

Buenos Aires, ☉ 24/09/2017 – Barcelona, ☉ 17/06/2018
Autores: Pablo Gato Toledo (Innecesario) y Nicolás Fuertes (El futuro del amor)

Secuencia de textos inspirados en el capítulo 6 de la temporada 1 de la serie Rick and Morty: Rick Potion #9.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: John Everett Millais
Año: 1851-1852
Título: OFELIA
Ubicación: Tate Britain Museum, Londres, Reino Unido.

Letra y Música
Se sugiere maridar EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 7 con Zombie de The Cranberries.
Zombie, Dolores O’Riordan, The Cranberries (1994). The Cranberries, No Need to Argue, Island Records. [1994]
A continuación les comparto dos versiones:
Versión de Bad Wolves: https://www.youtube.com/watch?v=9XaS93WMRQQ
Versión original, The Cranberries: https://www.youtube.com/watch?v=6Ejga4kJUts

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