EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 9

A medida que mi hermanito abría los ojos y las palmas de sus manos recorrían su cuerpito buscando evadirse en los bolsillos del pantalón la imagen que lo había ubicado en tiempo y espacio volvía a ser reemplazada, nuevamente, por esa mueca de espanto que se había apresado de aquel rostro, ahora desdibujado, con cierto aire de semejanza a la cara de mamá

Caminó los pocos pasos que le restaban hasta pararse al lado de esa cabeza que más parecía apoyada desprolija contra el torso que unida de hecho a él.

A pesar de ser demasiado alto para su breve edad tampoco esa altura era tal que le permitiera poner una distancia prudente entre sus ojos de niño y aquellos ojos muertos que se habían clavado en sus dos empeines; uno de ellos cubierto del polvo finito y rojizo de la tierra árida que rodeaba al ceibo, y el otro que se escondía por momentos detrás del agua negruzca y las burbujas de verdín que apenas afloraban eran reabsorbidas por la media dentro del calzado para volver a emerger unos instantes después como si fueran el oleaje diminuto de una marea putrefacta que estuviera contenida dentro de toda su anatomía y aflorando por ese pie.

Los ojos de él en cambio se encontraban imposibilitados de liberare del reflejo del sol rebotando sobre el relieve topográfico que se había formado alrededor del cráter y la rajadura que presentaba la sien izquierda del cadáver de mamá.

Tuvo miedo.

Miedo a esa mirada perforante que escrutaba su zapatilla malograda, miedo a que eso, que aún parecía una madre, lo retara justo en ese momento en el que se la veía tan frágil, miedo a escuchar su voz reclamándole si era ciego como para no ver las peripecias y el calvario que ella estaba pasando como para sumarle a todo eso arruinar sus zapatillas nuevas recién compradas.
Quiso explicarle que había sido un accidente pero no se animó a hablarle, se puso de cuclillas para ver más de cerca, no las heridas, sino sus ojos.

Los ojos de mamá.

Si los miraba de cerca, pero muy de cerca, perdían la expresión de agonía y desconsuelo; parecería que, fuera de contexto, sacados del resto del rostro transmitían más ausencia y vacío que pena y dolor.

Entonces suspiró y se acostó muy pegado a ella, muy próximas sus narices a tan sólo unos pocos milímetros y los ojos de uno clavados en los del otro. Desde tan corta distancia la mirada de mamá podría decirse que parecía hasta dulce si uno se esforzaba en verla con un poco de buena voluntad y cariño.

La vio tan frágil y desprotegida que pensó en abrazarla pero no se animó a tocarla. Sólo se miraban a los ojos el uno al otro desde dos mundos distintos desde los que era imposible comunicarse.

Se sintió tan solo como quizás nunca antes se había sentido y tuvo la necesidad imperiosa de abrazarla sólo para encontrar algún contacto humano aunque sea con algo que ya no lo era; pero, nuevamente, no se animó ni se animaría a tocarla, no porque le tuviera miedo al frío de la piel bajo la cual su madre yacía apresada sino porque sentía que estaría profanando un estado de quietud que evitaba que ella lo retara por su zapatilla maloliente.

Resignado, comprendió que ninguno de ellos era capaz de contener al otro tal como nunca lo habían sido, y menos que menos lo serían en esa circunstancia; y, era innegable, tampoco en cualquier otra futura.

Hoy, que ese niño amedrentado de recibir un reto imposible por una falta involuntaria continúa viviendo, apresado, cosido con puntadas desprolijas a los huesos de mi benjamín, aflorando en cada una de sus miradas y reabsorbido tras cada uno de sus silencios, emergiendo por unos instantes como si fuera aún el oleaje diminuto de la marea putrefacta que estuvo contenida en su pie aquella mañana, entiendo por qué luego de tantos años de mutismo en el que decidió acunar sus quebrantos y anidarse a sí mismo en sus propios traumas no quiera recibir apoyo ni consuelo y mucho menos que menos volver a tocar el tema: es indudable que aún busca preservar ese primer y único momento en el que ambos se miraron a los ojos dejándose ver y tal y como cada uno era, y siempre habían sido, y siempre lo serían: un cadáver materno y un niño abandonado al lado de éste.


«So here we are face to face
and heart to heart
I want you to know
we will never be apart.

Now I believe
that wishes can come true
‘cause I see my whole world
I see only you.»

— BILL LEVERTY AND C.J. SNARE, FIREHOUSE,
WHEN I LOOK INTO YOUR EYES


Continuará, el mes próximo, en
EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 10

A mi madre.
Por enseñarme a escribir.
Por condenarme a escribir.

Canales de contacto:
Google: dererumnatura.art.blog@gmail.com
Instagram: https://www.instagram.com/dererumnatura.art.blog/

© 8071422017092479
EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 9

Buenos Aires, ☉ 24/09/2017 – Barcelona, ☉ 17/06/2018
Autor: Pablo Gato Toledo

Secuencia de textos inspirados en el capítulo 6 de la temporada 1 de la serie Rick and Morty: Rick Potion #9.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: John Everett Millais
Año: 1851-1852
Título: OFELIA
Ubicación: Tate Britain Museum, Londres, Reino Unido.

Letra y Música
Se sugiere maridar EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 9 con When I Look Into Your Eyes de FireHouse.
When I Look Into Your Eyes, Bill Leverty and C.J. Snare (1992). FireHouse, Hold Your Fire. Epic Records. [1992]
Official Music Video: https://www.youtube.com/watch?v=dQSkuDWhaAo

¡Gracias por leer!
¡Mantente al día para leer más entradas!
Suscríbete para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.

Un comentario en “EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 9

Deja un comentario