EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 10

Aunque la muerta se veía como una reproducción fidedigna de la fisonomía de mamá tal y como él la conocía, lo que lo desconcertaba era el olor del pasto, el aroma a barro y la fragancia de las flores amarillas del arbusto a sus espaldas; tampoco tenían sentido los quejidos quedos y silenciosos del secretario a sus pies y de las gatas sobre el borde azul descascarado de la piscina: nada de todo eso ni olía ni se escuchaba como la idea de la muerte que siempre había tenido

— Mi amor, tesorito de mamá, ¿se acabaron los dibujitos?
— No sé.
— ¿Te aburriste?
— No.

Si había algo que todos habíamos amado de mamá era la voz dulce y amorosa con la que ella nos mimaba aquellas veces en las que la maternidad le afloraba por sobre sus calamidades brotando de forma plena y luminosa para transmitirnos, aunque sea tan sólo por unos instantes, un amor profundo e infinito -tan profundo y tan infinito como sus desvaríos y sus penares- dejándonos ver entonces que al menos en su forma de amar y en su forma de sufrir había una coherencia que no existía en ningún otro estrato de su ser.

Ambos, cadáver e infante, disfrutaban extasiados del abrigo cálido que proporcionaba la luz del sol cayendo sobre sus cuerpos tumbados en el pasto hasta que una brisa veraniega aleteó entre los pliegues del escote de la blusa de mamá y siguió su camino directo a arremolinar el flequillo del pequeño; ese airecillo frágil viajando del pecho materno al rostro de mi hermano transportó el inconfundible aroma casi imperceptible de las colonias fuertes y baratas con las que intentaba tapar, sin siquiera lograrlo, el olor de los cigarrillos que aún fumaba a escondidas de papá.

— ¿Qué pasa corazón?
— Nada. Me vine con vos. No quería dejarte sola.
— Ah. Pero mami está bien, ¿sabés?
— Sí. Ya sé.

Todavía esa voz, en extremo suave y tierna, conservaba la magia melodiosa de tañir en su garganta como una cálida canción de cuna; y, a pesar de haber perdido algo de brillo y estar un poco desgastada a causa del exceso de tabaco, continuaba cautivándonos con ese registro exquisito que la hacía más parecerse a aquella adolescente que había sabido ser soprano lírica ligera de un importante coro nacional que a la madre moribunda, melancólica y depresiva en la que se convertiría algunos años después.

Ese olor a tabaco y perfumes tan característico de mamá que estaba asediando a mi hermanito y acometía contra el aroma de las flores, el pasto y el barro que habían ya quedado aniquilados, era una pestilencia asquerosa que yo detestaba y que a mi otro hermano, el del medio, le producía severas alergias; sólo el benjamín parecía ser inmune a algo tan desagradable y estar curtido o acostumbrado a disfrutar sentirse abrigado y resguardado en el seno de semejante hediondez.

— Ahora volvé adentro y seguí mirando los dibujitos otro rato. Yo enseguida termino con esto y voy, ¿sabés?
— Sí.
— ¿Seguro?
— Sí, mamá.

No estaba del todo convencido si era a causa de la dulzura de su voz o debido a la proximidad entre ambos o quizás fuera por el olor a ella que todo lo envolvía pero, mientras se preguntaba por qué no se habrían tirado antes así en el pasto alguna vez cuando ella parecía estar viva, deseó que ese instante se hiciera eterno y por fin quedarse a su lado para siempre.

Al fin y al cabo tanto los olores como los sonidos que la muerte presentaba no dejaban de ser una reproducción fidedigna de los mismos que caracterizaban a la vida.

— Dale hijo. Andá. Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora!

(Pero) Su voz, que ya no era dulce, había vuelto a ser ese berrido que dice cosas que se acatan, no se cuestionan, y mucho menos que menos se contradicen.

Una vez más, usaba esos bramidos para dar órdenes de cosas patológicas y sin sentido pero mi hermanito aún era demasiado pequeño para entender las incoherencias de esas imposiciones.

(Entonces) Colapsó nuevamente y por última vez frente a esa mirada agresiva de agresora agredida que tanto lo espantaba, esos ojos que ya no eran dulces por más buena voluntad y cariño con los que él intentara contemplarlos; por última vez se sintió anulado, retraído, disminuido y cercenado frente a un mirar que tan bien conocía y que nunca entendió si era el de la fiera acorralada o el del sicario dispuesto a ejecutar, pero que provocaba en él tanto el pánico a ser extinguido como la vergüenza indigna y la culpa visceral de sentirse el causante de todos los tormentos y calvarios que en casa se padecían.

Descartado.

Desechado.

Eliminado.

Prescindible y prescindido.

Suprimido.

Repudiado.

Excluido.

Tal y como tantas y tantas veces ya se había sentido, tal y como tantas y tantas veces me había sentido yo y también mi otro hermano, el del medio.

(Acorralado) Supo que no había escapatoria ni vuelta atrás, ninguna oportunidad le sería brindada y nada de lo que estaba a su alcance hacer o decir lo liberaría del avance de esa nueva epidemia que ella acababa de inocularle con sus palabras ya que, mientras que desobedecerla y quedarse implicaba resignarse por fin a perecer esperando la muerte a su lado, acatar y marcharse simbolizaba internalizar sus demandas y llevarla dentro de sí por el resto de su existencia; y eso sin mencionar el hecho de la culpa fustiga que lo acompañaría el resto de su vida por ser él quien ahora la abandonara y sin ni siquiera esta vez tener la posibilidad, como tantas otras veces, de remediar el tormento intentando flagelarse con la idea de que la vida de mamá sería una historia menos tortuosa o infeliz si uno no hubiera nacido, simplemente porque mamá no tenía ya, ni tendría jamás, ni historia ni vida alguna.


«Will you take the pain
I’ll give to you
again and again?
Will you return it?»

— MARTIN GORE, DEPECHE MODE,
STRANGELOVE


Continuará, el mes próximo, en
EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 11

A mi madre.
Por enseñarme a escribir.
Por condenarme a escribir.

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EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 10

Buenos Aires, ☉ 24/09/2017 – Barcelona, ☉ 17/06/2018
Autor: Pablo Gato Toledo

Secuencia de textos inspirados en el capítulo 6 de la temporada 1 de la serie Rick and Morty: Rick Potion #9.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: John Everett Millais
Año: 1851-1852
Título: OFELIA
Ubicación: Tate Britain Museum, Londres, Reino Unido.

Letra y Música
Se sugiere maridar EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 10 con Strangelove de Depeche Mode.
Strangelove, Depeche Mode (1987). Depeche Mode, Music for the Masses. Mute Records. [1987] Sire Records. [1987]
Official Music Video: https://www.youtube.com/watch?v=JIrm0dHbCDU

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