EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 11

Si bien no existía ya razón ninguna para permanecer a su lado tampoco se fundamentaba algún manifiesto como para salir huyendo porque a pesar de ser cierto que mamá no pertenecía más a este mundo, en rigor de verdad, jamás había pertenecido, con lo cual, su vida había sido nula, y si la vida de mamá no había sido nada, por ende, él, al igual que mi otro hermano y yo, no era ni más ni menos que un vástago engendrado y parido por esa vacuidad

— Dale hijo. Andá. Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora!

Intentó con desesperación extrema abrir los ojos pero una vez más comprobó que le era imposible; aterrado y violentado no lograba entender no sólo por qué no podía ver nada a excepción de esa blanquecina luz cegadora sino también por qué no sentía tampoco el piso bajo sus pies.
Ciego y parapléjico lo invadió el pánico de quedar eternamente a merced del agobio meloso del olor floral-(no)esconde-tabaco que el cadáver de mamá destilaba y de su voz demandante ajusticiándolo por siempre.

— Dale hijo. Andá. Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora!

No tenía claro si había escuchado el eco de esa sentencia cientos o miles de veces rebotando con inclemencia en cada resquicio de su cráneo como la sombra sigilosa de un virus letal que se propagaba replicándose golpe a golpe dentro de su cabeza y duplicándose en cada reflexión; pero, lo que sí sabía sin titubeos era que esa imposibilidad de contabilizar el número de repeticiones con que ese veredicto continuaba azotándolo se debía básica y sencillamente a que era una cifra mucho mayor que cualquiera de los números que conocía y hasta dónde, por el momento, había aprendido a contar.

De lo que sí tenía seguridad tan plena que ni siquiera ninguna duda se había planteado era el hecho de que esos sonidos multiplicándose lacerantes en su cabeza habrían de repetirse por siempre hasta el último suspiro de toda su existencia, creo que fue quizás en ese momento que aprehendió a su alma, con hilvanes desprolijos, el aprendizaje visceral del concepto de lo infinito.

— Dale hijo. Andá. Dale hijo. ¡Ahora! Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Vos andá! ¡Ahora! ¡Vos andá! Andá. ¡Vos andá! ¡Ahora!

Impotente e inepto esperó, imposibilitado de hacer otra cosa, a que su desesperación se transformara en indiferencia dado que era allí el único sitio en el cual sus tormentos y torturas se desvanecían. Evidentemente la abulia y la desidia no sólo serían quienes, una vez más, lo sacaran en ese momento de tan mal trance sino que además se transformarían por siempre en sus dos grandes compañeras de vida.

Muchísimos años más tarde aprendería a enojarse; sin embargo, por aquella época era un mecanismo de defensa que aún no tenía desarrollado: todas las emociones violentas eran patrimonio de mamá y estaban ya patentadas, homologadas y emplazadas dentro de su jurisdicción; y tal como a ninguno de nosotros no nos apetecía tomarnos la atribución de desarrollar la capacidad de establecer en pugna algún enfrentamiento que planteara una rivalidad sabiendo que ello podría echar más leña al fuego y que ardiera Troya como nunca antes había ardido, menos que menos él, tan pequeño, podía plantearse algo así sabiendo bien de sobra que reptar por terreno tan minado lo exponía a las consecuencias a las que se atenía.

— ¡Ahora! ¡Ahora! Dale hijo. Andá. ¡Vos andá! ¡Ahora! Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora! Ya te dije que mami termina con esto. Mami termina con esto. Mami termina. ¡Ahora! ¡Ya te dije! ¡Ya te dije! ¡Ahora! ¡Vos andá! ¡Ahora! ¡Ya te dije! ¡Ya te dije! ¡Ahora! ¡Ahora!

Aplacado su pánico primigenio más por haber caducado que por una genuina convicción interna y nuevamente en pleno uso de sus facultades brindadas esta vez por un repentino decreto de necesidad y urgencia en lugar de generarse por la propia evolución de sus emociones que estaban próximas a alcanzar su fecha de vencimiento y quedar expiradas e inutilizadas por siempre y para siempre fue que logró por fin comprender que (luego de haberse levantado del pasto, rodear la cabeza de eso que solíamos denominar “mamá” –para no tener que, nuevamente, saltar ese cuerpo sin vida a la altura de las piernas–, trepar al borde de la pileta, caminar por esa cornisa todavía tapizada del reguero de pisadas mojadas que antes había dejado y saltar en el borde opuesto directo al patio de cemento desde donde por fin divisó, abierta de par en par, la puerta posterior de la casa, acceso a la cocina, que se le brindaba como un salvoconducto que lo transportaría a otra dimensión donde el horror tuviera quizás algún filtro que le permitiera al menos ingresar en cómodas cuotas) se encontraba aún en el mismo lugar donde sus peripecias y calvarios habían comenzado: era evidente que, una vez más, nada de todo eso había sucedido y que aún se encontraba acostado de espaldas sobre el pasto desprolijo que alfombraba la tierra húmeda que sostenía, a su lado, un flamante cadáver reciente que de seguro no habría dejado de escrutarlo con los mismos ojos sanguinarios que tantas veces le había visto a aquella mujer a la que, según le habían enseñado, debía referirse como “mamá”, siendo entonces ésta la razón definitiva y contundente por la cual le era imposible, desde esa posición horizontal, sentir el suelo bajo sus pies.

Por lo demás, su blanquecina ceguera repentina también tenía una explicación bastante compleja a la que le llevó largo rato arribar: su imposibilidad de abrir los ojos se enmarcaba estrictamente en el hecho de que jamás los había cerrado y que ese resplandor doliente no era ni más ni menos que las garras del sol que seguían ajusticiándolo.

— Andá. Andá. Dale hijo. Andá. Ya te dije que. Ya te dije que. Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora! Dale hijo mami termina mami termina con esto. Ya te dije que y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora! Dale hijo. Dale hijo. Dale hijo. Andá. Ya te dije que mami termina con esto mami termina con esto y también va y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora! mami termina con esto y también va. ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Vos andá! Andá. ¡Vos andá!

Ya en dominio de su cuerpo, o al menos así él lo creía, y mientras intentaba –sin éxito alguno– evaluar cuánto tiempo había estado abducido en aquella nebulosa áurea de la que le había costado tanto salir se quedó pasmado al escuchar ése grito monosilábico, plenamente vocálico, desesperado y desgarrador, que claramente decía: “AAAAAHHH” con una voz de espanto que inundaba todo el terreno, surfeaba el oleaje de las aguas purulentas contenidas en esa alberca de hormigón azul descortezado, sobrevolaba el follaje tupido del ceibo, se esparcía por sobre todo el tejado de la casa principal y también de la piecita del fondo y, detrás de ésta, del galponcito con las herramientas de papá para perderse como un eco moribundo muchas cuadras más allá a lo lejos llevando a todas las inmediaciones el lamento infinito de lo que en nuestra casa se padecía.

El grito había sido seco, lacerante, demoledor; sin embargo, la quietud que lo prosiguió fue mucho más nociva y dañina para mi pequeño hermano que por fin se percató de que amparado en el silencio que se había hecho en todo el barrio en el cual ni se escuchaban ya siquiera las gallinas de los vecinos, el eco de ése “AAAAAHHH” replegándose a kilómetros de él le devolvía un registro vocal exactamente igual al suyo poniéndolo en duda si había sido o no él quién había gritado a pesar de estar posicionado en la seguridad plena de ni siquiera haber abierto la boca.

Tampoco tuvo posibilidad de elucubrar con precisión si ese alarido había sido proferido de su boca hacia fuera o si sólo había implosionado de sus labios hacia adentro porque otros sonidos se anteponían y se seguirían anteponiendo a sus propios pensamientos:

— Dale hijo. Andá. Ya te dije que mami termina con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora!

Fue entonces que desestimó satisfacer las urgencias de sus necesidades de huir de su presente, de su destino y específicamente de la situación en la se encontraba inmerso porque ya no tenía dudas de que la única forma de escabullirse de semejantes calamidades era, tal como lo había hecho mamá todos y cada uno de los días de su vida, escaparse de uno mismo; escindirse, disociarse, aniquilarse, destruirse y eso era, también evidentemente, patrimonio de ella y de nadie más en esa casa.

Sin poder discriminar con exactitud cuáles eran sus acciones, cuáles sus sensaciones y cuáles sus pensamientos lo que sí entendió fue por qué estaba, al igual que nuestras mascotas, tan alterado: mamá ya no vivía tal como nunca lo había hecho, pero tampoco moriría por haber quedado dentro nuestro; y ahora él la llevaría intramuros y la vería morir día a día y en todo momento y a cada instante, tal como ya lo hacíamos nosotros, sus hermanos mayores, desde el día en que cada uno, por primera vez en su vida de infante la vio morir…

— Dale hijo. Andá. Ya te dije que mami termina con esto con esto con esto con esto con esto y también va. ¡Vos andá! ¡Ahora! Andá. ¡Ahora!

Renunció a seguir luchando pero no porque se sintiera perecer o preso de la impotencia; todo lo contrario, por primera vez confió en que, sin poder precisar cómo, sería capaz de sobrevivir, una vez más, tal y como desde que nació venía haciéndolo, a todas las peripecias –ésta una más– que la vida le venía día a día presentando.

No tuvo registro si le brindó o no alguna mirada de despedida a ése cuerpo sin vida al que tanto hubiera querido en algún momento –ahora ya no– aferrarse y que en definitiva no había sido ni más ni menos que, supongamos, su madre. Tampoco le fue posible detectar cómo sorteó ése obstáculo materno que se le interponía para poder subir nuevamente al borde de la piscina y caminar entonces hasta el final de esa cornisa; pero, sin embargo, de alguna forma u otra había llegado hasta allí.

Con un brío y una exageración de potencia y destreza muy poco característica en él saltó desde allí hasta el cemento duro del primer patio donde la planta de su pie mojado estalló contra la plantilla, dentro del calzado, y, salpicando putrefacción en redondo, dejó una marca similar a la explosión de una bomba sobre el piso de hormigón.

Más calmado entonces, pero aún temblando, desanduvo los pocos pasos que le restaban hasta la puerta trasera respirando con dificultad y sin poder siquiera precisar si estaba caminando a un paso exageradamente lento o si corría de una forma tan enérgica como nunca antes lo había hecho.

Entró a la cocina por esa puerta que siempre estaba abierta de par en par, y, lo que nunca se hacía en esa casa: la cerró; de espaldas contra el metal helado de esa barricada protectora imaginó, acaso por primera vez, que todo lo que ocurría fuera podría, quizás, no embestir dentro si uno era capaz de encontrar la llave correcta.


«Now there’s no point
in placing the blame
and you should know
I suffer the same.
If I lose you
my heart will be broken.»

— MADONNA AND PATRICK LEONARD,
FROZEN


Concluirá, el mes próximo, en
EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 12

A mi madre.
Por enseñarme a escribir.
Por condenarme a escribir.

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EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 11

Buenos Aires, ☉ 24/09/2017 – Barcelona, ☉ 17/06/2018
Autor: Pablo Gato Toledo

Secuencia de textos inspirados en el capítulo 6 de la temporada 1 de la serie Rick and Morty: Rick Potion #9.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: John Everett Millais
Año: 1851-1852
Título: OFELIA
Ubicación: Tate Britain Museum, Londres, Reino Unido.

Letra y Música
Se sugiere maridar EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 11 con Frozen de Madonna.
Frozen, Madonna (1998). Madonna, Ray of Light. Maverick. [1998] Warner Bros. [1998]
Official Music Video: https://www.youtube.com/watch?v=XS088Opj9o0

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