Se volteó y corroboró una vez más que la llave hubiera accionado la cerradura que un instante antes había echado a esa puerta que siempre se abría a primeras horas de la mañana cuando papá se levantaba y que todas las noches cerraba mamá en sus últimos instantes cuando se iba a dormir; no fue recién hasta que, sosegado y estoico, volvió a girar que se encontró a sus pies el charco redondo y gigante de orín inundando todo el piso de la cocina
Instintivamente se tocó los pantalones por sobre sus genitales comprobando, aliviado, que estaban secos; dedujo que se trataba del pis de la tortuga y la buscó con la mirada, pero no pudo encontrarla.
Más allá del embalse amarillo que coronaba el suelo frente a sus pies, a continuación de la cocina y entronizando el comedor, la mesa de madera de pino, que papá había pintado de un celeste petróleo abatido y ceniciento, exhibía con resignación los restos del desayuno que ni siquiera había terminado, y por detrás ésta, en la televisión, el noticiero había comenzado lo cual significaba que eran ya más de las doce y que el resto de la familia llegaría a almorzar de un momento a otro.
Rodeó el charco y dobló a la derecha en dirección a los cuartos.
Primero la buscó en la pieza que compartía con nuestro hermano, el del medio, pero no estaba allí. Entró al baño e investigó atrás del inodoro y detrás del bidet donde tanto le gustaba ocultarse. Salió de allí y se asomó a la habitación de mamá y papá, pero no se atrevió a entrar, las persianas siempre cerradas y las cortinas espesas batallaban con la luz dándole muerte de forma rotunda y sistemática; desde fuera del cuarto se estiró tanto como pudo, introdujo su mano y prendió la luz y, también desde fuera, se agachó para buscarla debajo de la cama matrimonial.
Apagó la luz y volvió a la cocina: entre el zócalo y la parrilla posterior de la heladera, Pepita, la tortuga, caminaba con su lentitud reptiliana hacia ese rincón del cual sólo podíamos sacarla cuando papá nos corría el refrigerador.
Se dirigió a la silla ubicada frente al televisor, aunque sabía que no tenía sentido cambiar de canal porque en todos habría noticieros, y al pasar frente a la puerta principal de la casa chequeó que también ésta estuviera cerrada con llave.
Trepó a ese asiento usando sus antebrazos y se acomodó de la forma más prolija que le fue posible; su postura cómoda y relajada era sentarse sobre sus piernas cruzadas pero esta vez su zapatilla anegada seguía desbordando un aluvión de humores putrefactos que se lo impedía.
A sus piernas colgando aún le faltaban bastante para llegar hasta el piso por lo que el ruido de las gotas cayendo retumbaba en sus oídos haciendo que la carga de ese calzado se sintiera como un lastre más pesado de lo que podría soportar lo que lo obligó a adoptar una postura encorvada que compensara ese muñón pútrido y que, desde ese día, mantuvo ya por el resto de su existencia.
A medida que la mancha crecía sobre el piso, bajo sus pies, dejando una prueba irrefutable de los hechos que ninguno supo luego interpretar, mi hermanito -al igual que lo había hecho yo unos dieciséis años antes- entendió lo que era la orfandad, entendió que ya no habría más madre ni para tormentos ni para consuelos, ni para dulcísimas canciones ni para órdenes insanas, ni para cálidos abrazos ni para gélidas miradas de desesperación o, incluso, de indiferencia.
Entendió de una vez y para siempre que su madre, tal y como la había conocido ya no formaba parte de su vida. Ni de la de nadie.
Supo que nunca, pero nunca, nunca jamás volvería a verla y esa convicción de no volver a dar con ella fue la que lo obligó a inaugurar la opresión de la culpa lacerante y desoladora que le causó el hecho de darse cuenta de que por fin, ahora, como de ningún modo antes le había ocurrido en su vida, se sentía, por primera vez: seguro, en paz y sin nada que temer.
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Por debajo de su silla, su pie, aún, continuaba goteando.
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«Everybody seems
— MAZZY STAR,
so far away from me.
Everybody just
wants to be free.
Look away from the sky
It’s no different
when you’re leaving home.»
LOOK ON DOWN FROM THE BRIDGE
A mi madre.
Por enseñarme a escribir.
Por condenarme a escribir.
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EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 12
Buenos Aires, ☉ 24/09/2017 – Barcelona, ☉ 17/06/2018
Autor: Pablo Gato Toledo
Secuencia de textos inspirados en el capítulo 6 de la temporada 1 de la serie Rick and Morty: Rick Potion #9.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.
Créditos de la Imagen
Autor: John Everett Millais
Año: 1851-1852
Título: OFELIA
Ubicación: Tate Britain Museum, Londres, Reino Unido.
Letra y Música
Se sugiere maridar EL CADÁVER DE MAMÁ – Capítulo 12 con Look On Down From The Bridge de Mazzy Star.
Look On Down From The Bridge, Mazzy Star (1996). Mazzy Star, Among My Swan. Capitol Records. [1996]
Official Music Audio: https://www.youtube.com/watch?v=p3NZn0mA_XI
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Un abrazo grande, Pablo. Te quiero mucho!
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