LA ÚLTIMA DE NUESTRAS MADRES

Cuando tu madre es patológica y disfuncional:
se percibe.

Se nota.

Tías y abuelas intentan suplirla, intentan estar presentes para la prole mucho más de lo que corresponde para su rol parental.
Y eso, fue, también hasta hoy, parte de mi vida.

Hasta hoy.
Y sólo hasta hoy.
Hoy, ya no; ya no más:
Hoy murió la última de mis madres.

Nuestra señora madre, la última.
La última que nos quedó.
La última. Y ya no más.

Mi familia, tanto la nucleica como la extensa, fue una congregación matriarcal.
Los hombres, todos, estuvieron pintados al óleo, con moños, galardones y marcos dorados de grandes próceres, pero no han tenido ni mucha, ni poca, ni ninguna injerencia en gestionar la cotidianidad del día a día en relación a nuestras crianzas.

Evidentemente fueron figuras paternales, responsables, trabajadores, proveedores y, generalmente, ausentes.
Invisibles.
Intangibles.

Siempre, en todo momento y a cada instante, la vida entera, desde el ”Buenos días” hasta el «Buenas noches», se desarrollaba indivisa dentro de un universo femenino.

Mi padre biológico, por ejemplo, fue una figura esporádica, intermitente, desvaneciente que incursionó en las ligas del ausentismo donde se sigue graduando con honores y lo seguirá haciendo hasta el último de sus días… evidentemente.

Mi padre, “el otro”, “el verdadero”, “el presente”, por el contrario, fue (mal que nos pese a todos) un decorado persistente.
Al contrario del biológico, sí que estuvo en cuanto acto escolar le fue posible y también me acompañó a «casi» todos los torneos deportivos: fue una figura paterna en todas las de la ley. Eso nadie lo discute. Pero…
… ¿Padre?…
… padre-padre-padre, lo que se dice padre no lo fue hasta que por fin se separó de mi madre.
¿Por qué?
Bueno, la verdad es que pese a todos sus esfuerzos, pese a sus deseos y a sus buenas intenciones… en nuestra familia LA CRIANZA (grande y con mayúsculas) era un universo femenino donde él tenía poca voz y voto escaso.

Evidentemente es mi obligación reconocer(le) hoy que desde la separación fue más padre que cualquier otro padre en todo el planeta. Que se cargó al hombro (y al corazón y a las espaldas) el sostener y acompañar a sus tres hijos. Que fue contundente su presencia en cuanto sitio le tocaba estar y también que se puso al día con toda la paternidad pendiente que tenía acumulada sacando limpia revancha de suplir todo lo que ¿se había perdido? ¿o es que no le hubieran permitido? compartir con nosotros.
Hoy por hoy, años más tarde, puedo decir que no sólo estuvo presente, asertivo, activo y protector con sus tres hijos sino también con sus sobrinos, con su mi madre (su ex-mujer), con mi abuela (su ex-suegra) y, también, durante estas últimas semanas con mi tía (su ex-cuñada) quien, hoy, acaba de morir.
En estos últimos meses ha sido él nuestro nexo, nuestro hilo, nuestra vía de presencia -desde la distancia- dentro de ese universo que nos vio crecer.
No obstante todo lo dicho, ese mundo al que me refiero fue, hasta mis veintinueve años, un cosmos matriarcal.

Sea como sea.
Como sea.
Como sea que sea.

Nosotros tres, los tres primeros en llegar, fuimos hijos por muy poco tiempo.
Es la verdad.
La última en nacer fue hija sólo por unos pocos meses; y los dos más grandes como máximo unos dos o tres años nomás. No más.

Pero, ¿por qué?
Porque repentinamente las reglas de juego cambiaron de forma abrupta y de un día para el otro. Desencadenando así que nuestros roles de hijos-sobrinos o sobrinos-hijos o hijos-nietos o nietos-hijos se inauguraran difusos e indistinguibles.

Evidentemente no todos lo padecimos con la misma profundidad ni por las mismas razones; pero, mal que mal los tres pequeños infantes desvisualizamos “una-madre-particular” para ser absorbidos en un gigante útero donde estábamos al cuidado de todas ellas, lo que muchas veces se traducía, involuntariamente, en “al-cuidado-de-ninguna” y “al-descuido-de-todas”.

Luego, muy luego, muy pero que muy muy muy luego, lueguísimo, fueron llegando todos y todas los y las criaturas a terminar de completar la escalerita de ocho peldaños: uno por cada nieto. Y todos y todas crecimos dentro de esa estructura (que para ese entonces ya estaba consolidada): una matriz acogedora que nos ponía a resguardo preservándonos de las opresiones del mundo externo para brindarnos la calidad y la calidez de las opresiones internas. Las propias. Las nuestras. Las identitarias de nuestra familia.

Y, dentro de ese mundo: las madres.

Las madres de la familia, todas ellas, tan distintas, tan opuestas, tan autoritarias como caprichosas, que nos cuidaban de forma ejemplar.
Así que de modelos, de ejemplos, tuvimos miles.
Muchos de ellos de los que, mejor, valdría la pena no seguir; pero, de los buenos, de los estructurales, de los de la auténtica mamma italiana sí que hubo millares también.

Todas estas madres se complementaban las unas a las otras…
Es verdad que la mayoría de las veces confrontándose, revelándose, confabulándose y, en consecuencia, lastimándose entre ellas. Pero, aún así, a su manera, se complementaban y nos daban lo que necesitábamos. Nos contenían. Nos cuidaban.

Es difícil narrar, describir, la naturalidad y el cariño con el que se agredían y se desvalorizaban. Sobre todo porque esas actitudes eran diametralmente opuestas a la ferocidad con la que se defendían cuando una sentía que la otra era atacada «desde fuera» del matriarcado que habían (sin darse cuenta) desplegado.
E insisto mucho con el «sin darse cuenta» porque no creo ni por asomo que se haya tratado de un plan o de un objetivo; todo lo contrario: el mundo en el que estaban inmersas las obligó a desplegarse como se desplegaron.

  • El huir de una guerra para una de ellas y, en consecuencia, haber tenido que dejar tanto «allá» y tanto, tanto «atrás»…
  • El intentar huir de los golpes de su padre para otra, y en consecuencia no haber podido nunca dejar nada «atrás», no haber podido construir un nuevo “acá” para huir de aquél «allá» que no pudo abandonar y del que, ni el último día de su vida, no pudo ya salir.
  • El (ni siquiera intentar) «no-huir» tan característico de la otra, el quedarse, el estar, el construir(nos), la presentaba a todos nosotros de forma tan distinta. Esa pulsión, esa autoimposición por estar, por quedarse, por “no-huir”, por continuar y continuar siempre en todo momento y en todo lugar, a cualquier precio. Sin posibilidad, nunca, de patear el tablero y comenzar de nuevo. Estuvo siempre preparada para seguir, pero nunca para abandonar. Siempre para la presencia pero nunca para presentarse ni menos que menos (re)presentarse. Su desempeño, como madre, como hija, como mujer, como esposa, como persona siempre la puso (siempre se puso) a sí misma en un segundo plano. Y ésa, ésa era la característica básica y primordial de la que no pudo (o no quiso) huir.
  • Y, «por último», (aunque quizás, para que realmente nos entendamos: «en primer lugar» porque es por aquí por donde debería haber empezado)… los puntos suspensivos…
    … la ausencia, el vacío, la vacuidad, la omnipresencia de la primera de las madres que perdimos -algunos de los nuestros- desde antes de nacer incluso; pero, que, sin embargo, marcó tanto tanto tanto nuestras vidas.

Desde hoy estamos solos… y solas…
Y la tristeza es estructural.

Pero; al mirar(nos) a un lado y a otro me(nos) veo juntos. Los ocho.

Sosteniéndonos, acompañándonos, reivindicando el legado que nos dejaron bajo la piel, en el espejo, circulando en la sangre, y sobre todo en cada beso que damos y en cada abrazo que construimos.
Y en esta nueva soledad recién inaugurada nos toca la responsabilidad de tomar la posta y construir (como podamos y con nuestros errores) la vida de nuestras generaciones siguientes…

Hace tres días nomás hubiera sido el cumpleaños de mi vieja, y, en honor a ella, la familia pequeñita, en petit comité nos reunimos a conmemorarlo…
… mi sobrina, con sus exiguos pero sobrados seis años recién estrenados bromeó con lo permisivo que era con ella mi hermano menor y siguió picaneando con ojitos cómplices y juguetones diciendo que yo era el más restrictivo (su padre incluido)… Y, por detrás de la broma, en ese momento, no pude entender lo que hoy, ahora, con la partida de la tía Luisa puedo por fin entender: estamos haciendo lo mismo.

¡Nos estamos supliendo, superponiendo, complementando!
Estamos aportando lo mejor de nosotros en la vida de nuestros hijos y sobrinos.
Estamos siguiendo el ejemplo recibido.
Nos estamos apoyando los unos a los otros, como primos, como hermanos. Estamos honrando el legado que tuvimos.
Este nuevo mundo que hoy construimos no será matriarcal como el del cual venimos pero tampoco será patriarcal porque estamos replicando un mundo que logró enseñarnos que ser gregarios no significa ser tribal. Que ser una pequeña sociedad funcional no tiene que ver con leyes de una tribu. Y que este aprendizaje no es trivial.

Estamos construyendo, como lo hicieron ellas, la continuidad de una estirpe que de seguro (y por suerte) será de mandos compartidos y nos toca inaugurar que sea también de legitimaciones constructivas. Pero, y sin ningún lugar a dudas (y por suerte) no será trivial. Ni, tampoco, tribal.

A la memoria de

María Luisa Finocchiaro
La Plata, 18-09-1954 – La Plata, 22-06-2023

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LA ÚLTIMA DE NUESTRAS MADRES

Barcelona, ♃ 22/06/2023 – ♄ 24/06/2023
Autor: Pablo Gato Toledo

Texto inspirado en la vida y en la muerte de María Luisa Finocchiaro.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: @maurodorst
Año: 2014
Título: TRES GENERACIONES
Instagram: https://www.instagram.com/maurodorst/

Letra y Música
Se sugiere maridar LA ÚLTIMA DE NUESTRAS MADRES con Mamma son tanto felice de Cesare Andrea Bixio y Bixio Cherubini (1940).
Beniamino Gigli, OST Mamma (1941): https://www.youtube.com/watch?v=MfD6r2mGEfc

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2 comentarios en “LA ÚLTIMA DE NUESTRAS MADRES

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