«Tres pasiones,
— BERTRAND RUSSELL
simples pero abrumadoramente fuertes,
han gobernado mi vida:
el anhelo de amor,
la búsqueda del conocimiento
y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad.«
Salimos del simposio y cruzamos la avenida hacia el bar de Ramón que ya nos esperaba con una mesa para más de veinte preparada para todos nosotros.
Morena, y su eterno harem de cuatro o cinco flacos que siempre la pululaban, se habían sentado cerca del extremo izquierdo, mirando hacia la puerta; y hacia allá me dirigía cuando Alejo me tiró del brazo y me arrastró hacia la otra punta.
—Ya. Basta. Dejala en paz. Te ignoró todo el día. Desde que nos registramos hasta el momento del break cuando se escabulló con esas pibas con las que ni siquiera se habla. ¿No sabés captar las indirectas? ¡Por favor!
—Me inscribí en este seminario solamente para volver a verla. Y no me voy a ir sin encararla y preguntarle a qué está jugando.
—¿En serio? ¿De verdad, Ignacio? ¿Podés ser tan infantil? No hace falta que le preguntes nada, yo te puedo explicar claramente a lo que está jugando: es una mina grande, que ya está de vuelta de todo, que no necesita nada de un borrego como vos, ni de ninguno de ese cortejo de idiotas que se creen que van a ganársela. Vos sos sólo un pendejo pelotudo que te creíste el jueguito de que podías flanquear sus fortificaciones y acceder a algo que no existe. Ni va a existir. Morena es así y siempre fue así, desde antes que vos la conozcas.
Alejo tenía razón. Pero me dolía mi orgullo. Y mucho. Me estaba comportando como un imbécil. La miré de reojo y la sarta de nabos a su alrededor me dio vergüenza ajena: ¡ella siempre lograba ser el centro de atención y que todos nos comportemos como subnormales!
—Perdón, ¿estas sillas están libres?, ¿nos podemos sentar acá? —Habían llegado dos flacos y una piba de primer año de carrera que, por excelentes calificaciones, habían accedido al derecho de anotarse en este seminario complementario.
Alejo y yo estábamos cursando algunas materias de tercero (y recursando otras de segundo) y estos pibes nos miraban a nosotros con los mismos ojos de devoción con los que nosotros veníamos mirando a Morena y a sus compañeros desde que habíamos ingresado a la facultad.
La chica vestía de blanco inmaculado (cuando nosotros estábamos en primero también nos preocupaba más eso de ir bien arreglados, pero ahora ya no). Era bonita. Muy bonita. Y, se notaba por su actitud corporal que debía ser sumamente tímida y vergonzosa.
Ramón empezó a tomar los pedidos. Y, cuando llegó a ella no la dejó hablar:
—¿Un submarino bien caliente, sin el chocolate y con dos sobrecitos de azúcar blanca, verdad?
—Sí, gracias —contestó ella tratando de pasar desapercibida. Pero era imposible. Ya era inevitable.
—¿Cómo es un submarino sin chocolate? —preguntó Alejo totalmente extrañado mientras Ramón se marchaba.
—Es un vaso de leche caliente con azúcar.
—¿Y vas a merendar eso? —pregunté incrédulo.
—Es lo que tomo siempre. —le era imposible ocultar su vergüenza.
—¿Y no vas a comer nada? —insistió Alejo.
—No. Sólo voy a tomar eso nomás.
—Ella sólo come cosas blancas —interrumpió uno de sus amigos intentando aclarar algo que resultó más confuso todavía.
Entonces me quedé en silencio. Abstraído. Mirando todo desde fuera.
Al principio su incomodidad me dio pena: ¡estábamos atosigándola a preguntas!; pero a medida que ella se explicaba comenzó a sonreír, a mover las manos, a sentirse más cómoda mientras explicaba que su dieta exigua consistía en leche, quesos, clara de huevo y pan lactal sin la corteza.
Una risa exagerada se derramó desde la otra punta de la mesa y, silencio mediante, todos nos dimos vuelta para ver qué pasaba.
No sé cuál había sido la broma pero Morena me tenía los ojos clavados manifestando su molestia por nuestro interés en la recién llegada.
Hicimos caso omiso a lo que pasaba varias mesas más allá y volvimos a enfocarnos en la chica vestida de blanco que sólo comía cosas blancas.
Mientras ella hablaba no pude evitar notar la fragilidad de su belleza y su delicadeza enfermiza. Era extremadamente delgada, sus pómulos angulosos, sus muñecas híper finas, sus ojos redondos y levemente (muy levemente) salidos hacia fuera; y (creo que ni siquiera hace falta decirlo) su piel, fina, extremadamente pálida.
Era hermosa. Hermosísima a su manera.
No obstante, yo, en silencio, apreciaba las leves e imperceptibles señales de su desnutrición y, por detrás de su discurso snob, decodifiqué, sin dudas, su anorexia.
Jamás había escuchado hablar de ese tipo de manía. O de fobia. O de neurosis. O de lo que sea.
No necesitaba ni ser médico ni ser psicólogo para darme cuenta de que ahí había algo que no andaba bien ni tampoco necesitaba saber el nombre de su patología para compadecerme de ella.
Ramón puso adelante mío un café con leche humeante tamaño bañadera y un pebete de jamón y queso, tostado, que olía a deleite. Pero a mí se me había cerrado el estómago. Sentía profunda pena por esa chica que acababa de conocer.
—Perdoná… ¿cómo te llamás? —le pregunté intentando ponerle nombre al vía crucis que, mirándola, me invadía muy adentro.
—Clara.
Entonces volví a hacer silencio. Su nombre era un insulto. Una broma de mal gusto. Un cliché. Una condena. Un vaticinio. Un infortunio.
La noche, para mí, acabó en ese momento. Entré en modo off. Quedé en piloto automático. Apenas si registré el resto de la charla mientras le di sólo un par de mordiscos al sándwich y algún que otro sorbo al café con leche.
Más tarde, cuando los celos de Morena la hicieron acercarse y hablarme como si nada hubiera pasado en las últimas dos semanas, yo seguía abstraído en mi mundo, enajenado, ignorándola tal y como ella me había ignorado.
Cuando todos nos despedíamos, en la vereda, le di a Clara un abrazo incómodo e interminable que nadie entendió.
Y al llegar (¡por fin!) a casa me puse a llorar desconsoladamente, horas y horas, hasta quedarme dormido.
«Uno mismo hace el mal,
— JBUDA GAUTAMA
uno mismo lo sufre;
uno mismo se aparta del mal,
uno mismo se purifica.
Pureza e impureza
son cosas de uno mismo,
nadie puede purificar a otro.«
A la chica de blanco que sólo comía cosas blancas,
porque su triste luminosidad
aún resplandece en mi memoria
con un fulgor imposible de apagar.
Y a quienes, como ella,
lidian cada día con trastornos de la conducta alimentaria.
Canales de contacto:
Google: dererumnatura.art.blog@gmail.com
Instagram: https://www.instagram.com/dererumnatura.art.blog/
© 8071422023101721
UN CLICHÉ. UNA CONDENA. UN VATICINIO. UN INFORTUNIO.
Barcelona, ♂ 17/10/2023
Autor: Pablo Gato Toledo
Texto inspirado en el Escritubre 2023.
Agradecimientos a: Emilio Tomás Arreche por el aporte de la imagen.
Créditos de la Imagen
Autor: @tomdaspraias
Año: 2020
Título: NOCTURNO
Instagram: https://www.instagram.com/tomdaspraias/
Letra y Música
Se sugiere maridar UN CLICHÉ. UNA CONDENA. UN VATICINIO. UN INFORTUNIO. con A Whiter Shade of Pale de Procol Harum,
A Whiter Shade of Pale, (1967). A Whiter Shade of Pale, Deram Records. [1967]
PROCOL HARUM – A Whiter Shade Of Pale – promo film #1 (Official Video): https://www.youtube.com/watch?v=z0vCwGUZe1I
¡Gracias por leer!
¡Mantente al día para leer más entradas!
Suscríbete para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.
Pablo
Molt ben escrit i narrat
Felicitats
Me gustaLe gusta a 1 persona
Moltes gràcies, Josep Maria!
Ja he fet la versió en català d’aquesta història i encara la té la meva professora per a corregir-la.
Me gustaMe gusta
Muy buen alimento tu texto!!!
Me gustaLe gusta a 1 persona