Para llegar a la casa de los tíos el viaje comenzaba alejándonos más todavía: había que ir hasta el centro para tomar un ómnibus que salía de la ciudad.
Un ómnibus en particular. Uno específico, no uno cualquiera. Teníamos que subir al que decía “M. Romero x Hospital”, ningún otro nos llevaba, sólo ése, y yo lo sabía.
Lo que aún no sabía era leer; pero sí conocía la “M” que era la de “mamá”, pero los buses pasaban tan rápido que yo no llegaba a encontrarla.
Mi madre los reconocía por los colores de los carteles, pero eran tantos, tantos que yo no entendía cómo hacer eso.
Por aquellos años el transporte público no funcionaba con horarios preestablecidos. Hoy por hoy relatar esto puede resultar inverosímil, pero lo cierto es que podíamos estar esperando sólo unos pocos minutos como también varias horas hasta que pasara ‘el nuestro’. Alguna vez, incluso, luego de siglos sin que llegara ninguno, mamá decidió volver a casa. Y yo, aunque lloraba, igual estaba de acuerdo porque no quería seguir esperando.
Al subir, ella pagaba los pasajes pidiendo: “Hasta el kilómetro…” y decía un número, pero como era un número de cientos… y yo sabía contar sólo hasta el 20 (que son todos, todos mis dedos)… no podía recordar ese número, incluso aunque ella me lo repitiera muchas veces.
La ruta estaba recién asfaltada y siempre, siempre y todas, todas las veces que viajábamos ella me explicaba que hasta hace unos pocos años ese recorrido era un suplicio; pero yo no entendía por qué el suplicio de mi madre era un camino mientras que el de mi abuela era un rezo en su iglesia.
El trayecto era una faja negra que cercenaba un tejido verde. Yo miraba los campos resecos y vacíos, a un lado y al otro, y el camino negro y brillante adelante y atrás y sentía que rodábamos sobre una bandera. Como la de mi país. Pero con los colores cambiados: lo azul, verde; y lo blanco, negro.
Bajábamos en el medio de la nada. Si yo hubiera sido el chofer no hubiera sabido nunca dónde detenerme. Todos los pastos eran los mismos. Todos los barros eran iguales.
El sendero de conchilla era perpendicular a la ruta y teníamos que caminarlo más de veinte minutos; y, luego de pasar la vía del tren (por la cual nunca jamás vi pasar ninguno), había que doblar a la izquierda. Pero en ese punto exacto es donde me gustaba detenerme. Y girarme. Y comprobar que desde allí la ruta ya no se veía, ni los autos. Ni los ómnibus.
A partir de ahí, si la tierra estaba seca y no era todo un lodazal, mamá ya me dejaba correr solo porque solamente faltaban unos doscientos metros hasta la casa de la tía Bety y el tío Pocho y mi prima Marina. Pero la mayoría de las veces el barro era tal que me cargaba en brazos y me llevaba a upa. Una vez se cayó conmigo en brazos y nos embarramos por completo. A mí me causó tanta gracia que me reí por varios días cada vez que lo contábamos; pero a ella no. No le causó nada de gracia. Nada de nada. Ni un poquito.
Cuando por fin llegábamos mamá y la tía se abrazaban a los gritos y para mí era normal porque en el campo no había teléfonos y la tía nunca sabía cuando íbamos a ir: siempre, siempre éramos una sorpresa para ellos. Una sorpresa agradable.
Me acuerdo que una vez llegamos y no había nadie. Y yo me asusté mucho porque, aunque era muy chico, entendí enseguida que podían tardar muchas horas en regresar y que, incluso, hasta podía hacerse de noche mientras ‘espera-que-te-espera, se-espera-a-quien-no-llega’. Mi mamá sin preocuparse en lo más mínimo sentenció: «no hay problema, ya vendrán». Lo dijo mientras, ante mi asombro, abría la puerta sin usar ninguna llave.
Ese día aprendí que, al menos en aquella época, en el campo no existían las cerraduras.
A la tía Bety,
a sus besos estruendosos,
a sus cosquillas, a sus abrazos,
a todo su cariño que tanto marcó mi infancia.
Canales de contacto:
Google: dererumnatura.art.blog@gmail.com
Instagram: https://www.instagram.com/dererumnatura.art.blog/
© 8071422023101021
LA CASA DE LOS TÍOS
Barcelona, ♂ 10/10/2023
Autor: Pablo Gato Toledo
Texto inspirado en el Escritubre 2023.
Agradecimientos a: Emilio Tomás Arreche por el aporte de la imagen.
Créditos de la Imagen
Autor: @tomdaspraias
Año: 2022
Título: ÁUREO
Instagram: https://www.instagram.com/tomdaspraias/
Letra y Música
Se sugiere maridar LA CASA DE LOS TÍOS con El arriero va de Atahualpa Yupanqui.
El arriero va, (1944). El arriero va (Disco de pasta 78 RPM). Odeón Records [1944]
Atahualpa Yupanqui – El Arriero: https://www.youtube.com/watch?v=JDJOXVBN-Rk
Divididos – El Arriero (Audio): https://www.youtube.com/watch?v=JJxbHNvTi1c
¡Gracias por leer!
¡Mantente al día para leer más entradas!
Suscríbete para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.
Quanti ricordi! Molto bello Paul!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Dolci ricordi, Tom!
Me gustaMe gusta
hola amigo, me gustó mucho este cuento, te vi de chiquito Te quiero. Ceci.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Gracias, hermosa.
¡Y sí!
Alguna que otra vez creo que fui pequeño.
😘🤗
Me gustaMe gusta