Paseo Colón 1318, CBC, hall de entrada;
Viernes 25 de Abril de 1997, 08:32:56
—Perdoná que te repregunte por cuarta vez, pero…
—Quinta, flaco, ¡quinta! —Abrió la boca con exageración y, clavando sus ojos en los míos, desguazó medio pebete de salame y queso de un solo mordisco. Su mirada evidenció con claridad que no toleraría ninguna pregunta más y, hablando con la boca llena, sentenció—: está ahí abajo, en el subsuelo. En la puerta tiene pegada con cinta scoth una hoja que dice “QUÍMICA” escrito con un fibrón —hizo una pausa larga mientras masticaba, mirándome—. Olvidate de todo lo que te dije antes, no cuentes ni segunda, ni tercera, ni cuarta puerta: vas al subsuelo y buscás el aula que dice “QUÍMICA”, ¡y ya está!
Se dio media vuelta, dándome la espalda.
Estaba parada en la vereda, fuera del edificio.
Yo me había quedado petrificado a causa de su brusquedad y continuaba parado en los últimos escalones de la escalera al subsuelo con mi cabeza apenas asomada a la planta baja, en la otra punta distante del hall de entrada viéndola a lo lejos.
Me sentí un idiota: ¿podía ser tan pelotudo que ni siquiera podía encontrar un aula?… Una vez más afronté lo evidente: la vida universitaria no había sido diseñada para mí.
Llevaba ya nueve años intentando redireccionar una vida que, según mi familia, “no iba para ningún lado” pero que yo tenía clarísimo que iba indudablemente de mal en peor, y de peor en peor.
Que la piba estaba buenísima no cabía ninguna duda: vestía unas All Star negras, altas, tipo botitas; un jean negro ratón que, de lo ajustado que le quedaba, parecía más un tatuaje que un pantalón; una remera, también negra, con el logo de AC↯DC a la altura las tetas, en unas enormes letras rojas con un finísimo borde blanco; un buzo con cierre y con capucha, obviamente negro también; y una mochila destruida, igualmente negra, con infinitos remiendos de los que colgaban miles de pins, tachas y demás accesorios.
Su pelo oscurísimo, con algunas mechas rojas y otras color violeta, se desordenaba con el viento que, oscilando de izquierda a derecha, dibujaba con sus cabellos… primero un huracán… luego una ola rompiente… más tarde un nido de carancho… y, finalmente, una cosecha de girasoles otoñales que se desgajaban con la brisa… Se giró apenas, ofreciendo su cara al viento, permitiéndose así liberarse del pelo sobre su cara; quedó entonces de perfil a mí y me vio, por el rabillo de su ojo izquierdo, mirándola.
Que la piba estaba buenísima no cabía ninguna duda: el viento, de frente, ceñía a su cuerpo la holgadísima remera dibujando una figura en la que (si bien se evidenciaban ahora ese par de kilitos en el vientre que la quía, era obvio, trataba de ocultar) las tetas, soberbias, indiscutibles e impolutas la hacían dueña de absolutamente-cualquier-cosa-que-la-tipa-quisiera-conquistar.
Que la piba estaba buenísima no cabía ninguna duda, pero yo estaba (una vez más) con las pelotas llenas de mi mismo. Quería que me chupara un huevo la mina y su belleza: solamente quería encontrar la puta aula y sentarme a estudiar.
Pero… ¿a quién más podía preguntarle si todos (estudiantes y profes) ya estaban en clases y esta chica era la única persona fuera de las aulas desde que llegué?
De otro bocado descomunal se metió todo lo que le quedaba del sánguche en la boca, calzó sus manos en las tiras de su mochila y, masticando, caminó hacia mí.
Bajó los primeros dos escalones y, al pasar a mi lado, a modo de saludo, o de presentación quizás, soltó la tira izquierda de su mochila y me dio una palmada en la espalda (con la que sentí tambalear mis pulmones) al tiempo que su cabeza asentía y sus ojos se clavaban en los míos mientras aún masticaba. Fue el típico gesto de cabeza que se hace cuando se le da la mano a alguien … solo que su derecha jamás me había tocado porque seguía aferrada a la tira de su mochila.
—Rafas… —le dije desconcertado.
—Seguime flaco, voy a la misma clase que vos —se le escuchó apenas, mientras todavía tragaba.
Ya se había dado vuelta y, dándome la espalda nuevamente, bajaba los escalones de a varios a la vez. Era petisita; desde lejos me había parecido mucho más alta y esbelta pero era más bajita y rellenita de lo que pintaba. Igualmente, de todos modos, ¡estaba buenísima!
—Gracias. —Corrí atrás de ella que ya bajaba los últimos escalones y no se detenía—. Perdoná que te haya jodido pero es que hoy es mi primer día de…
—¡Las clases empezaron hace un mes!, más o menos un mes.
«¿Es que esta mina no se calla nada de lo que piensa?» me pregunté mientras corría tras ella en el subsuelo.
—Sí. Lo sé es que… —Yo avanzaba tan rápido que casi me la llevo puesta cuando la piba, de repente y de la nada, se frenó en seco.
—¿Ves? —Su índice derecho señalaba algo sucio en el suelo sucio también.
Leí “QUÍMICA” en una hoja blanca plagada de huellas de calzado… era una hoja idéntica a las miles de hojas lisas, rayadas y cuadriculadas, desparramadas por el piso del corredor de ese subsuelo lleno de restos de comida, envases vacíos de alimentos y cientos de colillas de cigarrillos…
—Ah… Bueno… Claro… ¿Cómo iba a saber entonces…
—Amelia. Amelia Jovita. —Hizo el mismo movimiento de cabeza que antes sin tenderme la mano ni soltar las tiras de su mochila—. Es ésta —dijo mientras abría la puerta de un aula y se hacía a un lado para darme paso.
Intenté entrar pero me encontré con un grupo de estudiantes que salían así que fui yo el que tuve que dar un paso atrás golpeando con mi mochila la cara de Amelia.
Me miró fiero a la vez que estalló en una carcajada, me empujó hacia atrás y pasó ella primero; yo la seguí.
—… y esa es la razón por las que las clases quedarán suspendidas hasta nuevo aviso. —La mujer canosa de gafas, con las manos en los bolsillos, encogía sus hombros compungida—. Quiero que quede claro para todos que no es sólo por la falta de agua en el edificio. Lo repito una vez más para que entiendan que esto puede llevar más tiempo que los conflictos anteriores… ¿alguna pregunta?… con respecto al reinicio de actividades les sugiero que estén atentos a los diarios y a los noticieros…
Fue instantáneo: los oídos me zumbaban, me empapé de transpiración y sentí que me iba a desmayar.
Era evidente, indiscutible: la universidad no era lo mío.
Estaba petrificado: mi espalda apoyada contra la puerta de salida y yo casi perdiendo el sentido.
Mis ojos buscaron inmediatamente la mirada de Amelia pero sólo hallaron su nuca desapareciendo entre la multitud que se me acercaba.
No era verdad que mi vida “no iba para ningún lado” porque ¡ya no había dudas! de que, ¡sin duda alguna! iba de mal en peor, y de peor en peor.
Y, mientras esa horda de gente buscaba salir pasando por encima mío, ya no tuve ninguna duda de que esa era la peor primera primera clase que jamás había tenido en mis 26 años y 7 meses y medio de vida.
A la auténtica Amelia Jovita:
María Laura Herrera;
con mucho cariño,
en el día de su cumple.
Canales de contacto:
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Instagram: https://www.instagram.com/dererumnatura.art.blog/
© 8071422021060342
QUÍMICA
Barcelona, ♃ 03/06/2021
Autor: Pablo Gato Toledo
Texto inspirado en mi queridísima amiga del alma: María Laura Herrera.
Agradecimientos a: Paula Di Marzo por el aporte de la imagen.
Créditos de la Imagen
Autor: unknown
Año: unknown
Título: LA LAURI
Letra y Música
Se sugiere maridar QUÍMICA con Muecas de Negro Mate.
Muecas, (2017). Dopaje, Estudio 0618. [2017]
Negro Mate – Muecas: https://www.youtube.com/watch?v=jjxoxWfX_j4
¡Gracias por leer!
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Gracias Gatito de mi corazón! Te quiero y te extraño mucho 😍
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¡Te adoro, preciosa!
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