Hace unos años atrás, en el chat que compartimos los ocho primos, surgió una discusión que tocó fibras de daños irreparables de nuestra infancia y luego de que yo expresara mi punto de vista Tomi sentenció: “una vez más somos nosotros, adultos ahora, los que nos vemos obligados… a poner hoy… las palabras que, en su momento, no tuvimos de los adultos que, se supone, debían cuidarnos”.
Por eso hoy, en un nuevo intento de poner un relato donde no me gustaría, el día de mañana, encontrar que hubo un vacío que dejamos que nos envuelva: me niego a despedirla en silencio.
Y no sólo por su memoria sino también porque, humildemente, me gustaría que estas palabras fueran, por un lado, el punto final de una parte muy cruenta de nuestra historia familiar como así también el prefacio de una nueva etapa de paz en nuestras vidas.
Pero no se incomoden, por favor, no diré las típicas estupideces como que fue la mejor madre del universo o que fue una esposa ejemplar o que el mundo ha perdido un ser irreemplazable. Vomito sobre ese tipo de despedidas.
Nuestra madre no fue nada de todo eso.
Y no porque no haya querido, sino porque no pudo.
De hecho, aún hoy no sé qué es lo que hubiera querido ser; pero, sea lo que sea que haya querido: no pudo.
Si hay algo que tengo claro es que ella no fue aquello que quiso ser. Por alguna razón patológica sus actos y su esencia se fueron distanciando, más y más, día a día, de forma trágica e irreparable.
Para entenderlo mejor permítanme que les hable de otra mujer.
De seguro la historia de ésta será un marco excelente desde el cual comprender luego la existencia de nuestra madre.
Esta otra mujer se llamó Casandra:
En la mitología griega, Casandra, hija de Hécuba y Príamo, los reyes de Troya, y hermana de Paris y Héctor, era sacerdotisa del dios Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, cuando accedió a los arcanos de la adivinación y obtuvo el don de la clarividencia, Casandra rechazó el amor del dios; por ello, éste, viéndose traicionado (y, aunque la amaba infinitamente) la maldijo escupiéndole en la boca y, en consecuencia, seguiría teniendo su don, pero nadie confiaría jamás en sus pronósticos… de esta forma, su don se convertiría en una fuente continua de dolor y frustración ya que nadie creería sus predicciones.
Tiempo después, cuando ella repitió con insistencia el anuncio de la inminente caída de Troya, ningún ciudadano dio crédito a sus vaticinios. Ella predijo el engaño en el caballo de Troya, pero carecía del don de la elocuencia y, en consecuencia, no fue escuchada.
Y, aunque Casandra previó la destrucción de Troya, la muerte de Agamenón y su propia desgracia, fue incapaz de evitar estas tragedias. Su familia creía que estaba loca y por ello la mantuvieron encerrada, encarcelada, aislada… lo cual recrudeció su locura…
En la literatura moderna, Casandra es a menudo usada como modelo de tragedia y romance, y a menudo simboliza el arquetipo de alguien cuya visión profética es oscurecida por la locura, convirtiendo sus revelaciones en cuentos o afirmaciones inconexas que no son comprendidas plenamente hasta que ocurre lo vaticinado.
Ella, como mi madre (nuestra madre) fue una incomprendida.
Pero, mientras que Casandra tuvo el don de la clarividencia pero no el de la elocuencia, situación desesperante que la llevó a la locura; Adriana, por el contrario, padeció exactamente lo opuesto.
Con idénticas consecuencias.
E idéntico final.
Adriana, mamá, Adri, no tuvo, ni en lo más mínimo, el don de la clarividencia. Veía peligro, donde había amor. Amor, donde había desidia. Hartazgo, donde había interés. Interés, donde había rechazo; y rechazo, donde había ganas de amarla y de protegerla (casi siempre de sí misma). Su brújula estuvo averiada, siempre. Y no la culpo. Todos sabemos lo que fue su infancia, su adolescencia, y sus primeros años de madre y de mujer adulta. Motivos no le faltaron para estar quebrada. Rota. Pero, aún entendiendo todas estas razones, es innegable que su incapacidad como visionaria fue una condena y un martirio que la acompañaron por siempre.
Por otro lado; y, en oposición a Casandra, el don de la elocuencia sí que lo tuvo. Fue su virtud más evidente, su arma más afilada, su mecanismo de ataque y de defensa más despiadado; y, en algún punto, su única herramienta de conexión con la realidad y, por extensión, con todos nosotros.
Por décadas nos convenció de su visión tan propia y particular del mundo provocando así que, en distintas circunstancias, fuéramos su compañía, apoyo y sostén; pero, también, que a veces nos transformáramos en sus cómplices y en sus aliados en enfrentamientos imaginados contra enemigos inexistentes. Y, luego de que nuestras experiencias de vida nos fueran demostrando, día a día, año a año y década a década que la realidad no era ni lo que ella veía, ni lo que ella creía, ni todo aquello de lo que intentaba convencernos… optamos por confrontarla, limitarla, alejarnos, e intentar comunicarnos con ella desde una perspectiva en la cual pudiéramos seguir manteniendo los pies sobre la tierra y un criterio de realidad del que ella carecía.
Comenzábamos a vencer su elocuencia inexpugnable y a dejarla sola y abatida en un mundo contra el cual ella no sabía (y no supo) combatir.
Y, lamentablemente: fue necesario.
Fue necesario para la salud mental de todos nosotros.
No había y no hubo, en aquel momento, otro camino: o creíamos en ella y acabábamos como ella, o construíamos una distancia protectora que nos apartara del camino trágico por el que ella transitaba.
Entonces, la soledad no elegida en la que se encontró atrapada, hizo estragos en su psiquis y dio el golpe de gracia porque, aprovechando su falta de clarividencia, la convenció de que estaba mejor sola que en compañía, que el mundo entero estaba en su contra y que cualquier intento de cuidado o cariño era solamente un artilugio para someterla. Y, después de eso, ya no hubo retorno.
Pero no nos engañemos, su soledad sólo se encargó de precipitar un abandono (un auto-abandono) que tarde o temprano era irrefrenable e inminente.
Hoy, dos años más tarde… exactamente hoy, dos años más tarde… nosotros, aquí y ahora: necesitamos poner palabras.
Hoy más que nunca, necesitamos poner palabras.
Hoy como nunca antes necesitamos expresarnos más y escucharnos más y compartirnos más y entendernos más y aceptarnos más y amarnos más.
Por detrás del legado melancólico, triste, oscuro, agreste y opresivo (que es el más evidente) su partida nos encuentra unidos como quizás antes nunca estuvimos. Su falta, su ausencia, su vacío… es doble porque no sólo la hemos perdido físicamente sino porque también se desmaterializó la última oportunidad (siempre querida y jamás alcanzada) de volver a verla visceralmente feliz.
Esto es lo que hay.
Nada menos, ni nada más.
Esta es nuestra realidad hoy.
Comencé esta lectura diciendo que anhelo que estas palabras sean no sólo el punto final en un capítulo muy duro de nuestra historia familiar sino también el prólogo una nueva zaga de profunda paz en nuestras vidas y me he dedicado básicamente dar argumentos para entender lo que quizás nunca acabaremos de entender.
Acabo entonces esta despedida abriendo las puertas a continuar construyendo entre todas y todos nosotros los puentes que nos permitan no repetir su historia. Desde hace dos años está claro que somos más pacientes ante las discrepancias, más amorosos ante las limitaciones (propias y ajenas), más tolerantes con la realidad que nos envuelve y menos pretenciosos con aquellos delirios que tanto nos dificultaban ser, en relación a ella, plenamente felices.
Es común despedir a nuestros seres queridos honrando su obra y sus valores; y, sin embargo, hoy, y aquí, humildemente, quiero invitarles a hacer lo contrario: deseo de todo corazón que su paso por nuestras vidas nos sirva no sólo para recordar los bellos momentos compartidos con ella sino también como una brújula que nos indique claramente qué norte evitar y que nos lleve a la reflexión y al raciocinio de caminos mejores, más sanos y más luminosos.
A la memoria de mi madre:
Adriana Antonia Finocchiaro
La Plata, 19-06-1952 – La Plata, 20-12-2022
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NECESITAMOS PONER PALABRAS
Manresa, ♂ 05/11/2024 – Villa Elisa, ☉ 15/12/2024
Autor: Pablo Gato Toledo
Texto inspirado en la vida y en la muerte de mi madre: Adriana Antonia Finocchiaro.
Agradecimientos a: Andreu Quintana Segalà por la corrección literaria.
Créditos de la Imagen
Autor: Raúl Omar Fuertes
Año: 2023
Título: DNI
Letra y Música
Se sugiere maridar NECESITAMOS PONER PALABRAS con Pueblo blanco de Joan Manuel Serrat.
Pueblo blanco, (1971). Mediterráneo. Zafiro / Novola [1971]
Joan Manuel Serrat – Pueblo Blanco: https://www.youtube.com/watch?v=1weAdv9sfes
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