Se volteó y corroboró una vez más que la llave hubiera accionado la cerradura que un instante antes había echado a esa puerta que siempre se abría a primeras horas de la mañana cuando papá se levantaba y que todas las noches cerraba mamá en sus últimos instantes cuando se iba a dormir; no fue recién hasta que, sosegado y estoico, volvió a girar que se encontró a sus pies el charco redondo y gigante de orín inundando todo el piso de la cocina