IVÁN, EL INTANGIBLE

«El circo llega sin previo aviso.
Ningún anuncio lo precede.
Simplemente está allí,
cuando ayer no estaba.»

— Erin Morgenstern

Se había llamado Iván.
Iván Norberto.
Iván Norberto Ngibel Intangg; pero al llegar a Europa como refugiado, escapando de su familia, de su país y -muchos años más tarde lo supimos- del circo donde se crió, se cambió el nombre por Federico.

Fede mide 1,97 m y debe pesar unos 68 kg como mucho. Ese contraste extremo entre su derroche de estatura y su escasez de masa provoca que parezca más flaco aún y muchísimo más alto de lo que es. Su estampa oscila entre caricaturesca e imponente. Pero si hay algo que destaca en él de forma más exagerada que su apariencia es su calma y aplomo. Él, y más tarde también su esposa, Birgitta, fueron dos de las tres personas que conformaron mi círculo íntimo durante los años que duró mi beca de estudios en Bélgica.

Lo conocí en mi primera clase de flamenco ni bien llegué a Gante. Hoy por hoy él lo habla y escribe a la perfección mientras que a mí me sirvió sólo para acreditar otro requisito más de mi posgrado. La profesora acababa de enseñarnos a presentarnos y nos dividió en grupos de a cuatro, Fede nos saludó con la mirada e hizo un gesto amplio con sus brazos mostrando tres sillas vacías a su alrededor.

—Hallo, mijn naam is Frederik. —Todavía nadie se había sentado y él ya había arrancado.
—Hallo, ik ben Pierre. —Contestó un francés del cual nos haríamos inseparables desde esa misma noche luego de varias (varias, varias) cervezas.
—Hallo, ik ben Gisela. —Agregó una madrileña que, semanas después, terminaría resultándonos insoportable y de la cual (afortunadamente) perdimos el rastro.
—Hallo, mijn naam is Paul. —Dije.
Sobrevino un silencio incómodo que nadie supo llenar y, casi automáticamente, comenzamos a hablar en inglés: ¡nadie sabía cómo decir ni una sola palabra más en neerlandés!

Pierre hablaba francés, catalán e inglés.
La madrileña, castellano e inglés.
Yo, escocés e inglés.
Y Fede… inglés, francés, castellano, alemán, italiano, ruso y también algo de serbio y de eslovaco…
… nos fue claro que el inglés sería (y lo fue) nuestra vía de comunicación.

El jueves 2 de julio del año pasado, hace hoy exactamente un año, Fede, su esposa, Pierre y yo, nos fuimos a pasar el día a una playa del mar del Norte, cerca de Ostende.
Los meses de confinamiento habían sido terribles y era la primera vez que nos juntábamos desde el inicio de la pandemia. Tardamos más de dos horas en llegar a la costa porque estaban prohibidos todos los desplazamientos que no fueran de necesidad esencial y tuvimos que cambiarnos de tren unas cinco veces para evitar los controles.

Fede estaba más callado que nunca. Lo que ya es mucho decir. Pierre y Birgitta no paraban un segundo de hablar, al punto de que me parecía que ni siquiera se escuchaban.
Para mí los meses de encierro habían sido una pesadilla: me faltaban sólo 16 días para terminar mi beca cuando nos confinaron y ya tenía comprados los vuelos para regresar a Edimburgo justo el día del cumpleaños de mi madre. Hacía ya dos años que no veía a mi familia y, además, planeaba pasar un verano tranquilo haciendo, ¡por fin!, nada; antes de reincorporarme a mi cátedra en la universidad el septiembre siguiente. Y, de un día para otro, quedé preso en un departamento compartido con media docena de personas con las que no tenía nada en común: jamás había notado hasta entonces lo poco que me importaba esa gente con la que sólo me cruzaba entre clase y clase cuando pasaba por la casa a bañarme, a dormir o a comer algo.
Fede y Birgitta, al menos, se habían tenido el uno al otro; pero Pierre había pasado en absoluta soledad el confinamiento más estricto. Ahora lo veía hablar con desesperación, desbordado por la abstinencia.

Todos estábamos cambiados.
Éramos otros a pesar de ser los mismos.
Al llegar a la playa nos quedaban sólo siete u ocho cervezas y una media botella de vodka. Todo el resto del alcohol ya nos lo habíamos bebido entre un tren y otro.

Estábamos más desinhibidos, menos formales, más cercanos y menos protocolares.
Nos habíamos sostenido de forma electrónica durante toda la cuarentena a horas inimaginadas y en situaciones indescriptibles. Sobre todo Pierre era quien peor lo había pasado; aunque, ese día, era Fede quien parecía estar más allá de cualquier pudor o formalismo.

Birgitta extendió sobre la arena una manta gigante y todos comenzamos a sacarnos las camisetas. El torso de Fede, interminable, apareció mucho más flaco que lo que nuestra imaginación pudiera elucubrar; y, aunque se traslucían bajo la piel el esternón y las costillas, lo que más nos impresionó a Pierre y a mí fueron las cuatro cicatrices en sus brazos que lo asemejaban a un Frankenstein real sin ninguna maravilla literaria ni efectos especiales cinematográficos.

Por encima y por debajo de cada uno de sus codos dos cicatrices daban la vuelta completa a todo el brazo dando la idea de que alguien lo había ensamblado como se monta y desmonta un playmobil. Las marcas eran exageradas, desordenadas y es imposible imaginar que se hubieran hecho con un elemento afilado preparado para tales fines. Todo lo contrario. Parecía, sin más, que alguna vez había sido desmembrado.

Pierre y yo desviamos la mirada y sentimos la incomodidad propia de no incomodarlo a él.

—Let’s go swim? —Fede se paró al lado de su esposa y le apoyó una mano en el hombro. Ella desabrochó sus pantalones y los bajó hasta el piso dejando al desnudo dos estambres kilométricos, ¡tal era la delgadez de nuestro amigo! Por encima y por debajo de sus rodillas otras cuatro cicatrices hacían evidente la carnicería que habían hecho con él de pequeño… eran cicatrices viejas, de varias décadas… horrendas.

A Pierre y a mí el corazón se nos había desgarrado con el espectáculo. Las dificultades de movimiento que tenía Fede eran tan mínimas e imperceptibles que siempre las había atribuido a lo desproporcionado de su altura y delgadez. Jamás había imaginado algo tan macabro por detrás.

Me senté, perplejo, en silencio, al lado de Birgitta, y le di otro sorbo al vodka.
A lo lejos, en el horizonte, Fede y Pierre jugaban en el agua. «Son algunas de las marcas que le dejó el circo» me dijo ella.

Y, luego de un largo silencio, remató: «Las más horrendas, sin embargo, son invisibles».



«El circo no puede ser hermoso.
Tiene que ser raro.
Tiene que ser aterrador.»

— Elizabeth Schulte Martin

A mis queridos amigos,

Fede y Pierre.

Canales de contacto:
Google: dererumnatura.art.blog@gmail.com
Instagram: https://www.instagram.com/dererumnatura.art.blog/

© 8071422021062551
IVÁN, EL INTANGIBLE

Barcelona, ♃ 27/05/2021 – ♀ 25/06/2021
Autor: Pablo Gato Toledo

Texto inspirado en las rodillas de Fede y su inminente cirugía.
Agradecimientos a: Emilio Tomás Arreche por el aporte de la imagen y por la corrección literaria.

Créditos de la Imagen
Autor: @tomdaspraias
Año: 2021
Título: HUELLAS
Instagram: https://www.instagram.com/tomdaspraias/

Letra y Música
Se sugiere maridar IVÁN, EL INTANGIBLE con Circo Beat de Fito Páez,
Circo Beat, (1994). Circo Beat, Warner Music Argentina SA. [1994]
Versión original, canal oficial de Fito Páez: https://www.youtube.com/watch?v=iKbt0_K7BwY

¡Gracias por leer!
¡Mantente al día para leer más entradas!
Suscríbete para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.

6 comentarios en “IVÁN, EL INTANGIBLE

Deja un comentario