Domingo.
Al fin domingo: día no laborable.
Desde las diez u once de la mañana sigo despatarrado en el sillón mirando cualquier cosa en Netflix. Lo que sea. Y sin interés. Es un día de comer y perder el tiempo. Ningún plan productivo. Solo aburrirme.
En la pantalla una adolescente entra a la cárcel a visitar a su padre (que, ¡por supuesto!, ¡es inocente!) y no sé si reírme o vomitar del asco que me da lo mal que muestran todas las películas y sin excepción el interior de una cárcel.
Yo sí que puedo contar realmente cómo es visitar a alguien allí dentro.
No termino de deslumbrarme con la pésima producción que la escena siguiente va a peor: muchos años después, el señor presidiario, muy viejito, sale por fin en libertad reformado, devenido en todo un ancianito plácido y encantador.
Demasiado.
Apago por fin y voy a la cocina a ver con qué más puedo alimentar mi culpa creciente de no poder parar de engordar.
Y entonces me acuerdo: ¡el taller de escritura!
Son más de las nueve de la noche y aún no me he sentado a escribir el relato que he de entregar mañana mismo.
Malhumorado y a regañadientes entro a la web para leer sobre qué toca escribir: «Elegir alguna noticia policial que les haya horrorizado y relatarla en primera persona».
¡No!
¡No!
¡Y no!
No sé si quiero escribir esa narración.
No sé si quiero buscar una noticia atroz para relatar.
Me duele el orgullo no cumplir la consigna y googleo para ver qué encuentro pero nada me resulta interesante.
Vuelvo a la cocina.
Sigo comiendo.
¿Por qué debería escribir sobre eso? ¡Es repulsivo!
Intento calmarme y me sincero conmigo mismo: el problema no es hacer un ejercicio literario. El problema es buscar cualquier noticia que me permita evadirme de la realidad. Pero no tiene sentido. Somos los que somos. Nuestra historia es la que es y la llevamos martillándonos el cráneo, percutiéndonos el cerebro, fluyendo por nuestras venas y envenenándonos los órganos en todo momento y a cada instante.
Aún no tenía cinco años cuando vi a mi padre reventarle los sesos a mi madre con una escopeta vieja y oxidada.
Los cuerpos baleados no caen en cámara lenta como en las películas. No tengo ninguna imagen de mamá cayendo. La veo parada, viva. E, inmediatamente, en el piso, muerta.
Mi hermanita Inés Sofía, de cinco meses, que mamá cargaba en brazos al momento de la detonación, chocó con la cuna antes de rebotar contra el piso.
El disparo terminó de despertar a mis hermanos más grandes.
Los más chicos estábamos, como cada vez que discutían, asomados, llorando, mirando la pelea, gritándole a papá para que no le pegara. Para que no le pegara más.
Pero mis hermanos más grandes intentaban seguir durmiendo, como si nada pasara.
Hasta el disparo no era una mañana muy distinta de cualquier otra.
Mi hermano Juan Cruz, que aún no cumplía los diecisiete, apareció en calzoncillos y mi papá le apuntó al centro de la cara. A su lado, José Claudio, de once, lo insultaba gritándole abiertamente: «Asesino». Lo repetía. No dejaba de repetirlo.
A partir de ahí todo fue tan rápido que se necesita mucho más tiempo para relatarlo que lo que fue vivirlo: mi hermana Ana María, de catorce, se hizo paso entre Juan Cruz y José Claudio, y fue directamente al lado de mamá y cargó en brazos a Inés Sofía. Se dirigió a su habitación con la bebé en brazos y de camino me agarró la mano y me llevó arrastrando.
Desde allí dentro ella dio todas las directivas y todo se hizo tal y como ella lo indicaba: Juan Cruz se quedó parado bloqueando la puerta de la pieza donde nos habíamos guarecido mientras papá no dejaba de apuntarle a la cara. Sin hablarle. Solamente se reía. Escupía el piso y le apuntaba. Mientras tanto José Claudio se encargó de ir a la otra pieza a buscar a mis otros tres hermanos. Y los fue trayendo tal y como Ana María le indicaba: primero Tadeo Enrique, de dos años, que lo cargó a upa. Y, nuevamente, al abrirse la puerta volver a ver, tras la espalda de Juan Cruz, la cara de mi padre empuñando su escopeta. Y riendo. E insultando. Y escupiendo.
Entonces, bajo una nueva orden de Ana María, José Claudio fue a buscar a los dos últimos: Bianca Pilar, de ocho, y Gabriel Iván, de siete. Y, otra vez más, la puerta que se abre y otra vez más papá apuntando directo a la cara de Juan Cruz.
Entraron, por fin, los cuatro juntos y la puerta se cerró para no volverse abrir jamás.
La noticia salió en todos los diarios y en todos los noticieros: ocho hermanos atrapados durante un día entero en una habitación hasta que los vecinos lograron sacarlos, uno a uno por la ventana. El padre armado. La madre muerta. La casa rodeada y eternas horas interminables hasta que el delincuente por fin se entregó.
Todos los medios de comunicación se hicieron morbo, grima y eco con la noticia.
Pero sólo con esa noticia. Porque después no informaron nada de los tres años y medio que pasamos todos repartidos y desparramados en centros de menores, orfanatos e instituciones varias. Nadie informó que la justicia no permite que los menores de edad tengan derecho a permanecer juntos luego de semejante experiencia macabra. Nadie informó los calvarios que pasó Juan Cruz desde sus dieciocho recién cumplidos cuando comenzó a reclamar la tenencia de todos nosotros y los más de dos años que pasaron para que finalmente se la concedieran.
No sé si este texto cumple o no cumple con la consigna que nos dieron: es mi historia, y es la que es. Y no la puedo cambiar. Ni olvidar.
Se nos pidió que buscáramos noticias, pero las noticias informan sólo aquello que vende. En nuestro caso ningún medio informó nada de lo que fue para nosotros después de todo ese lúgubre periplo siniestro tener que volver a vivir todos juntos en esa misma casa infectada de asquerosos recuerdos. Nadie informa esas cosas. Los crímenes dan rating. La pobreza, no. Y la miseria, menos.
A Héctor,
protagonista real de esta historia.
A sus hermanos, a sus hermanas.
Canales de contacto:
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© 8071422023101241
RATING
Barcelona, ♃ 12/10/2023
Autor: Pablo Gato Toledo
Texto inspirado en el Escritubre 2023.
Agradecimientos a: Marcela Varcasia por la corrección literaria y a Emilio Tomás Arreche por el aporte de la imagen.
Créditos de la Imagen
Autor: @tomdaspraias
Año: 2024
Título: OLVIDO
Instagram: https://www.instagram.com/tomdaspraias/
Letra y Música
Se sugiere maridar RATING con Eclipse de mar de Joaquín Sabina y Luis Eduardo Aute.
Eclipse de mar, (1989). Mentiras piadosas. BMG / Ariola [1990]
Eclipse de Mar: https://www.youtube.com/watch?v=XYxt_HifmLE
¡Gracias por leer!
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Excelente, Paul! Vivido y escalofriante como un bisturí.
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¡Así me quedé yo a mis veintipocos cuando me lo contaban de primera mano!
(Y ni hablar de todos los mil detalles que Héctor me narró y que no incluí en el relato)…
😢
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